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Escritor Argentino

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Danilo Albero (Mendoza, 1947). Es licenciado en letras, narrador y librero. Ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (Beas, 1994) y Al mejor cazador (Sudamericana, 2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (Sudamericana, 1997), Jorge Newbery el señor del coraje (Sudamericana, 2003) y Variaciones Turner (Bajo la Luna, 2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (Alianza, 1993) -recopilación de  artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga- que será reeditado en versión corregida y ampliada. Ha traducido del portugués autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo (El conventillo, Simurg, 1997 y Amazon 2020), Machado de Assis (Ideas del canario y otros cuentos, Losada, 1993; Memorial de Aires, Corregidor, 2001; Don Casmurro, Amazon, 2020) y Rubem Fonseca, y del inglés a ErnestHemingway, George Orwell y Lafcadio Hearn.

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Fundación El Libro de Ensayo (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea de la Ciudad de Buenos Aires (2007).

Ha coordinado talleres literarios y dictó el seminario “Poéticas y prácticas del cuento” en la Maestría de Escrituras Creativas, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia.

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, WeekEnd y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ámbito Financiero,El Cronista, y La Jornada Cultural de México. Desde finales de 2015 al presente publica semanalmente en distintos medios virtuales notas literarias, de arte y ensayos.

Entre 1993-2000 fue miembro de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro. Donde ha dictado cursos e integrado jurados literarios.

 

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21 Notas de Joe Turner Citas y sus derivas 2
22 Homo legens Un año de lecturas
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25 Gramatica Uso de los tiempos verbales 4
26 Diario de marear Esquejes y rizomas literarios
27 Gramatica Uso de los tiempos verbales 3
28 Gramatica Uso de los tiempos verbales 2
29 Diario de marear Rocco Schiavone y Borges
30 Gramatica Uso de los tiempos verbales 1

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Calderón, Hemingway y Miranda

Calderón, Hemingway y Miranda

 

En 1885, el escritor y polígrafo Lafcadio Hearn, entonces residiendo en Nueva Orleans, publicó Gombo Zhébes, antología anotada de proverbios Creole, que incluía la versión en lengua Creole y la traducción en francés e inglés. El proverbio 79, trasciende el universo afro, francófono, católico apostólico romano (síntesis de la cultura Creole): “C’est langue crapaud qui ka trahî crapaud, que él traduce como: “Es la lengua de la rana la que traiciona a la rana”. Lafcadio Hearn explica los problemas de articulación de los nativos africanos para pronunciar la palabra acertada en francés, grenouille (rana), y su reemplazo por sapo (crapaud). Lo importante es el origen de este proverbio: la superabundancia de ranas en la cuenca del Mississippi hizo la delicia de los colonos franceses de la Louisiana, degustadores de las ancas, de allí el despectivo exónimo que acuñaron los angloparlantes para referirse a ellos: ranas (frogs). El intercambio entre amos y esclavos tuvo transculturaciones, apadrinadas por las Siete Musas, en ambas direcciones, las más importantes: musicales ─instrumentos incluidos─, religiosas, estéticas y culinarias. En la Louisiana, las descomunales ranas toro abundaban y eran fáciles de atrapar; en horas de la noche, su canto orientaba a los cazadores con lo cual pasaban del arroyo a la olla y de ambos a la paremiología Creole. Nosotros tenemos un proverbio equivalente: “El pez por la boca muere”, pero no es lo mismo, cantar es una forma de comunicarse y, muchas veces, al hacerlo, ranas y humanos se condenan. Por eso es imposible transitar por el difícil camino del saber callarse sin jalonarlo de citas y proverbios.

La historia de quedar condenado por palabras apresuradas ya aparece en la Biblia, Esaú, hambriento, no dudó en vender su primogenitura a su hermano Jacob por un guiso de lentejas; más prudente, Ulises optó por el nombre Nadie (Outis) cuando, junto con sus hombres, fue atrapado por Polifemo, pero no supo quedarse callado cuando, luego de cegar al Cíclope, al momento de huir, le gritó que le dijera a su padre, el dios Poseidón, que quien lo había cegado había sido Ulises, fanfarronada que dilató varios años su regreso a Ítaca; también escasa de prudencia estuvo María Antonieta, cuando le informaron que el pueblo se quejaba por la falta de pan, tuvo un inolvidable exabrupto: “Que coman pasteles” (Qu'ils mangent de la brioche), poco oportuna declaración que, ciertamente, se le volvería en contra. Quizás a Ulises y María Antonieta les habría venido bien aquella reflexión ─anacronismo mediante─ de Martín Fierro: “Y naides se muestre altivo / Aunque en el estribo esté / Que suele quedarse a pie / El gaucho más alvertido”.

Esta rara habilidad del ser humano de no saber callar ha resultado en advertencias, comunes a todas las culturas, sobre el arte de saber mantener la boca cerrada, desde “el hombre es amo de las palabras que calla y esclavo de las que pronuncia”, de origen árabe, al “es mejor permanecer callado y ser considerado tonto que hablar y disipar toda duda”, de Abraham Lincoln. Lo cierto es que en el reino animal, aves o ranas, el cantar, es mayoritariamente atributo de los machos, otro tanto pasa con los plumajes y colores vistosos. Pluma y canto van ligados a la ostentación, que hacen a sus poseedores presas fáciles, en la cadena trófica, de hambrientos predadores que se aproximan silentes y camuflados.

Hemingway que de fanfarronería y ostentación sabía bastante, supo sacar conclusiones de algunas de sus homéricas metidas de pata, muchas veces borracho, y sentenció al respecto: “Lleva dos años aprender a hablar y sesenta aprender a quedarse callado” (It takes two years to learn to speak and sixty to learn to keep quiet); y:"Siempre haz sobrio lo que dijiste que harías cuando estabas borracho. Eso te enseñará a mantener la boca cerrada" (Always do sober what you said you'd do drunk. That will teach you to keep your mouth shut.)

Hoy en día, el ya hipertrofiado cosmos de la comunicación y altar del egocentrismo de las redes sociales se ha visto nutrido por la pandemia de Covid 19, que nos ha hecho conscientes de la fugacidad de nuestro paso por el mundo y también de nuestra indefensión frente a un invisible enemigo. Quien más, quien menos, ante la imposibilidad de dar otro tipo de solución, se ve en la obligación de dejar algún pensamiento trascendente para el resto de la humanidad. A la hora de ser delatados por nuestra lengua, la idiotez humana trasciende orientaciones políticas y nacionalidades.

En muchas películas policiales hemos asistido a la advertencia que hace el policía al arrestar al sospechoso o al criminal atrapado in fraganti, en ella se le avisa que tiene el derecho de permanecer callado porque cualquier declaración que haga podrá ser utilizada en su contra; por lo tanto se le recomienda hablar sólo después de ejercer su derecho, como reo, de solicitar la presencia de un abogado. Este protocolo es conocido como “Advertencia Miranda” y, en el fondo sintetiza todos los proverbios que nos advierten acerca de la importancia de no hablar más allá de los límites de la cordura.

Todos en algún momento de nuestra vida hemos necesitado ─y necesitaremos─ de alguien que nos recuerde la prudente Advertencia Miranda. Que además también nos lleva a la literatura, por aquel pasaje de Calderón de la Barca de La vida es sueño: “mejor habla, señor, quien mejor calla”.

 





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Arquímedes y calados narrativos
Arquímedes y calados narrativos

Ví por televisión la reprise de un famoso programa de preguntas y respuestas, de esos con premios millonarios, comodines y posibilidades de, en cierto nivel de la competencia, duplicar la apuesta. Me encanta verlos, siempre tuve la fantasía de participar en uno porque, visto desde un sillón en casa, salgo bastante bien parado… Salvo en dos ítems donde mi ignorancia es enciclopédica: deportes en general y fútbol en particular. Venía bien con las respuestas hasta una pregunta: ¿Qué es el Disco Plimsoll?, y tres opciones para responderla, opté por un tipo de disco de una rastra de discos. Jab de derecha y knock out a mi ego, es una marca en los costados de los barcos que marca la línea de francobordo.

Y fue un knock out porque me jacto de saber bastante de barcos, hice un viaje de Buenos Aires a Bahía en la última travesía del Gulielmo Marconi, un trasatlántico du temps jadis, no las infamias contemporáneas semejantes a portadores de contenedores donde la mercadería son los turistas.

En mis años de residencia en Río de Janeiro tuve un amigo dueño de un velero, lo acompañaba a navegar, hicimos una travesía hasta Angra dos Reis, e incluso llegué a timonear; he navegado por el estrecho de Bósforo desde Estambul hasta el Mar Negro, por el Mississippi, el Danubio, crucé el estrecho de Mesina ─albergue de Escila y Caribdis que aterraron las tripulaciones de Ulises y Eneas─. Estoy seguro de que narrativa y navegación vienen de la mano; pocos lugares tan aptos como la vida a bordo para atmósferas narrativas, Jasón, Ulises, el Capitán Nemo y el Nautilus, el capitán Ahab y el Pequod, Long John Silver y la Hispaniola, El corazón de las tinieblas. Existen embarcaciones desde los tiempos más remotos y en todas las culturas y, con ellas historias y narraciones; pero nadie dio una explicación de por qué flotaban, o se hundían. Hasta Arquímedes.

La historia es simple, en el siglo III a.C. el rey Hierón de Siracusa quiso saber si la corona que había encargado a un orfebre era de oro puro y le encargó a Arquímedes que buscara un método para averiguarlo. Un día, el sabio, sin encontrar una respuesta, resolvió tomar un baño de inmersión, por primera vez se percató que el agua de la tina rebasaba cuando él se sumergía, el volumen de su cuerpo había desplazado una cantidad semejante de líquido; hizo cálculos mentales y dio con la solución. Pesó la corona y la sumergió en agua, midió el volumen líquido que rebalsaba; repitió la experiencia con la misma cantidad de oro puro, el volumen de agua desplazado era menor; el oro de la corona había sido mezclado con un metal más ligero. El rey ordenó ahorcar, o degollar, o quemar, o desollar, o empalar al orfebre. A partir de esta experiencia es que se enuncia el llamado Principio de Arquímedes: “un cuerpo total o parcialmente sumergido en un líquido experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del fluido desalojado”; si el empuje es mayor que el peso del líquido desalojado un barco flota; si es menor no. Cuando estudiaba ingeniería, y fumaba, jugábamos con este principio, el papel de aluminio que envuelve los cigarrillos flotaba si con él hacíamos un barco de papel o una pequeña batea, si lo arrugábamos en forma de un bollo, se hundía.

Pienso en la lectura de cuentos o novelas, equivale a navegar dentro del relato, entonces éste es el barco. Hay ficciones que se hunden y otras que flotan. Y esto tiene que ver con el Disco de Plimsoll.

En los cascos de los barcos hay una serie de símbolos que nos cuentan su anatomía y personalidad. A proa y a popa, una escala vertical nos señala la línea de flotación, cuando el barco está cargado o sin carga ─desde la época de los fenicios no ha variado esta señalización, para indicar si una nave está llena o vacía─. En el medio, donde el casco tiene puertas para permitir el acceso de pasajeros, hay una inscripción: “No Tug”, es un lugar débil de su estructura y un remolcador (Tug) no debe empujar allí. Cerca de la proa, una escala vertical, parte de ella sumergida debajo de la línea de flotación, con un círculo con el diámetro horizontal resaltado, con señales que indican agua dulce o salada, temperatura invernal o estival, es el ─para mi ignorado hasta que vi el programa de preguntas y respuestas─ Disco de Plimsoll, que marca la línea de francobordo, o reserva de flotación, en otras palabras, hasta donde se puede sobrecargar un barco sin temor a que, ante cualquier tormenta u oleaje fuerte, se hunda.

Si el relato es un barco, los hay que flotan y navegan bien, otros que ante el primer toque en No Tug, hacen agua, escoran y se hunden, y otros que zozobran en el medio de la lectura; en este último caso el autor no calculó las variables del Disco de Plimsoll de un lector y éste se duerme o deja de leer. La pericia, ya que no del piloto, del escritor se hace sentir en como tenga presente al Disco de Plimsoll y no pasar de la línea de calado o de francobordo. En narrativa esta diferencia aparece claramente con dos géneros: novela y cuento.

El cuento es un estilo sobrio y conciso, que requiere de la brevedad de expresión y la concisión. Ya el novelista tiene otras posibilidades de crear historias dentro de su obra, hasta el punto tal que una novela puede tener segundas partes ─Hemingway decía que la única manera de ponerle punto final a una novela era matando al autor─. Y la diferencia en el manejo virtuoso de estos límites de sobrecarga de un relato en prosa es tan riguroso que muy pocos escritores han podido superarlos sin naufragar: ni Bret Harte, ni Maupassant, ni Chejov, ni Kipling, ni Fogwill han expresado más en la media tinta de sus novelas que el aguafuerte de sus cuentos; por otra parte: ni Dostoievski, ni Conrad, Ni Tolstoi, ni Zola, han descollado en el cuento.

Hay calados y calados, al fin, los hay que se han movido con igual soltura en los dos géneros y sabido bien como singlar leyendo su Disco de Plimsoll: Machado de Assis, Hemingway, Haroldo Conti, James Joyce, Julian Barnes. De cualquier manera, tratándose de singladuras y escrituras, bien vale la reflexión de la jerónima que, desde el encierro de su claustro navegó por el universo literario y filosófico de su época: “Si los riesgos del mar considerara / ninguno se embarcara, si antes viera / bien su peligro, nadie se atreviera, / ni al bravo toro osado provocara.”

 





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Comorbilidad ¿tiene antónimo?
Comorbilidad ¿tiene antónimo?

Comorbilidad ¿tiene antónimo?

 

No es secreto para nadie que, a causa del código genético homicida del Homo Sapiensautoetnónimo que le permite sobrepasar cualquier límite a la hora de matar a los rotulados con un exónimo que lo justifique, exterminar especies animales y vegetales, provocar daños ecológicos irreversibles y contaminar la tierra a destajo─, la guerra es una de sus actividades más destacadas. Es característica del ser humano que la guerra, curiosamente, es un factor que trae aparejado el progreso como valor agregado, y sobre este tema la literatura ha reflexionado desde Aristófanes en adelante. En una breve y sucinta reseña podemos deducir cómo las guerras napoléonicas nos legaron adelantos que perviven: el método Appert –del cual disfrutamos cuando abrimos cualquier tipo de conserva en lata– y, los primeros protocolos de la medicina en el campo de batalla: priorizar la gravedad del herido sobre título de nobleza o rango militar. Podíamos seguir con los avances en ortopedia al final de la Guerra Civil de los Estados Unidos y, así como el desarrollo de la confección masiva de ropa y calzado ─es bueno recordar que la idea de padronizar las medidas de ropa y número de calzado fue una necesidad logística que superó el ejército de la Unión; hasta ese momento se confeccionaban tallas patrón y cada consumidor debía ajustar las prendas a su tamaño─; también el salto en técnicas de cirugía estética en la contienda de 1914-1918; uno de los mayores estragos de la guerra de trincheras fueron las heridas en la cara. Se necesitaron dos palabras en francés para designar a los nuevos mutilados, que proliferaron en las calles, pinturas y caricaturas de Otto Dix y George Grosz, los gueules cassées ─literalmente “jetas rotas”, la excelente novela Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre habla de la vida de uno de ellos; la adaptación al cine es imperdible.

Continuando con una breve y sucinta analectas, los progresos en la guerra aérea de la Primera Guerra Mundial llevaron al desarrollo de la aviación como medio de transporte ─los primeros aviones de pasajeros fueron bombarderos reciclados─ y, a finales de la segunda, a su predominio como transporte de larga distancia; hasta un punto tal que hoy, en tiempo del Covid 19, muy pocos millenials recuerden que hace 60 años atrás los viajes a otros países distantes sólo eran posibles en olvidados transatlánticos. Otra herencia de la Segunda Guerra fue la organización, mantenimiento y movilización de grandes masas de tropas ─que incluye, mecánicos, médicos, enfermeros y todo tipo de abastecimiento; un detalle poco conocido, por cada hombre en combate hay casi 20 en retaguardia─; la herencia civil de ese nuevo know how fue el desarrollo de lo que hoy llamamos multinacionales y sus todopoderosos estados mayores, los ejecutivos de la década del ’60 del siglo XX y –los gremlins contemporáneos–, los CEO.

Un libro publicado en 1941 que anticipó este nuevo fenómeno La revolución de los directores (The Managerial Revolution) de James Burnham al que, luego de trabajosas búsquedas encontré en la Feria de San Telmo, envuelto en papel film, integro pero destrozado, como un gueule casée, y volví a encuadernar salvando la tapa original. Fue después de leer La revolución de los directores, que Orwell tuvo los elementos para acuñar el término “guerra fría” y escribir 1984. Dos palabras de cuño bélico y cotidiano uso: fuego amigo ─los políticos saben de esto─ y daños colaterales ─ídem.

No estamos en guerra, pero tenemos ese nuevo Caballo de Troya, mejor Pangolín de China, que ha colocado a la humanidad en riesgo de extinción, amenaza que deja la de la guerra nuclear a la altura de un cuento de Hans Christian Andersen. Y este invento chino, como el papel y la pólvora, ha revitalizado un término, mejor concepto, al cual no le he encontrado un antónimo: comorbilidad.

La comorbilidad son las dolencias o antecedentes de enfermedades que suman riesgo a una nueva; en el caso del Covid 19, ya sabemos, son varias, las dos más graves son ser viejo o pobre, peor, viejo pobre. No he encontrado un antónimo de esta palabra acuñada hace medio siglo, ¿podría ser covitalidad? En este domingo 10 de mayo 2020, donde el mañana es incierto como lo cuenta el Apocalipsis de San Juan, del cual sólo la ilusión de encerrarnos hace creer que nada nos ha de pasar, he descubierto, ya que no vacunas, antídotos literarios.

El primero es el quevediano soneto “Desde la torre”: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos”. Pero además pensando a calamo currente, mejor digiti currente, en un mundo pos Apocalipsis en que no haya libros, la covitalidad estará dada por la memoria de los sobrevivientes que tomen la responsabilidad de mantenerlos vivos. Renacerán los rapsodias que canten glorias pasadas, así surgió la literatura con El cantar de Gilgamesh y siguió con La Ilíada y Odisea, el resto es conocido.

La historia de Farenheit 451 de Bradbury es sabida, en un mundo futuro los bomberos no apagan fuego sino que queman libros, está prohibido leer pero no ver televisión, Guy Montag, el bombero incendiario protagonista, cambia de bando y termina juntándose con un grupo de fugitivos que se han propuesto salvar los libros. La versión fílmica de François Truffaut, tiene una deliciosa vuelta de tuerca, los fugitivos se llaman “hombres-libro” y viven escondidos en los bosques y tienen como misión aprender un libro de memoria. Guy Montag ha llevado el suyo; sabe que tiene una misión que justifica su existencia, memorizarlo para transmitirlo a otras personas. Creo que, en la película, el libro de Montag era Historia de dos ciudades.

No sería mala práctica leer algún libro con compañeros de encierro o por redes sociales. No sé ningún libro de memoria, aunque sí largos pasajes del Martín Fierro y Soledades de Góngora; sonetos de Quevedo y Lope de Vega; poemas de Borges y dos de The Old Huntsman de Sigfried Sasoon. En el universo de Farenheit 451, seré un “hombre-antología”.

 





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El conventillo
El conventillo

Publicada en 1890, y casi en simultaneidad con los hechos históricos novelados, El conventillo (0 cortiço) es un hito en la narrativa naturalista brasileña e iberoamericana. Con el modelo de Zola en La taberna (L’assommoir), Aluísio Azevedo recrea un conventillo en el barrio de Botafogo (Río de Janeiro) con su mundo de lavanderas y artesanos, patrones, esclavos, venteros, financistas y aristócratas, en una galería de personajes típicamente brasileños. Entre otros: inmigrantes portugueses, artistas y músicos, ricos venidos a menos, gente de bajos fondos, prostitutas y mestres de capoeira. En este universo ficcional se destaca, como un arquetipo, la imagen de Rita Baiana, sensual mulata, feminista avant la lettre, farrista y solidaria, eximia cocinera. Una personalidad que, a partir de este novela, el imaginario cultural se encargará de copiar y recrear.

 

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Los nostoi del coronavirus
Los nostoi del coronavirus

La Odisea cuenta los diez años que, terminada la guerra de Troya, demandó el viaje, o nostos, el regreso de Ulises a Itaca. De esa palabra deriva el término nostalgia, y su plural es nostoi. Además, nostoi es un género literario que narra el regreso a la patria en condiciones azarosas. Previo al viaje de Ulises hubo otro nostos famoso, Argonáuticas: el viaje de Jasón y los Argonautas; escrito cinco siglos después de Odisea. Misterios desconcertantes de la cronología griega, porque, en el canto VII de La Ilíada, aparece el hijo de Jasón e Hipsípila, el jasónida Eumeo, quien viene con un cargamento de vino para venderle a los griegos que están sitiando Troya.

Otro nostos famoso, y verídico, ocurrió un siglo después de Argonáuticas, fue Anábasis ꟷconocida como La expedición de los diez milꟷ del polígrafo Jenofonte ꟷfue discípulo de Sócratesꟷ. Narra las peripecias de 10.000, mercenarios griegos que emprendieron una retirada de 1500 kilómetros a través de las montañas de Armenia en busca del Mar Negro. Jenofonte registra el momento más emocionante cuando escucha, desde una colina, los gritos de los exploradores que había envidado: “¡El mar! ¡El mar!” (¡Thalassa! ¡Thalassa!): en Trebisonda, en las costas del Mar Negro, el regreso a casa estaba asegurado. Veinticuatro siglos después de Anábasis, millones de voces también gritarían, ya que no ¡Thalasa!, ¡Aeropuerto!; los nostoi del coronavirus.

El domingo 8 de marzo, salimos para el que ꟷeso creímosꟷ iba a ser nuestro viaje más organizado en años. Buenos Aires Madrid, Atocha y directo a Sevilla.

El 14 iríamos a Córdoba y el 18 estaríamos en Madrid. Beatriz tenía tres días de un encuentro en la Complutense; el resto cuidadosamente pautado: museos, galerías de arte, renovar el carnet de lectores en la Biblioteca Nacional de Madrid, librerías.

Cuando desembarcamos en el aeropuerto Adolfo Suarez empezaron los imprevistos y, aunque no lo sabíamos, nuestro nostos. Domingo 8 en Atocha, primer inconveniente, una huelga de trenes demoró cinco horas la partida, llevó más tiempo llegar de Madrid a Sevilla que el vuelo desde Buenos Aires. El lunes confirmamos nuestras reservas de alojamiento en Córdoba, para el día 14 y Madrid, del 19 al 30.

El martes por la mañana confirman a Beatriz, por e-mail, el encuentro en la Complutense se hacía; luego, a las 20, se habían cancelado las clases y cerrado la universidad y colegios. El resto del viaje continuaba, tambaleante pero firme.

En los dos días siguientes, alcanzamos a recorrer la ciudad, visitar el Alcázar y, el jueves 12, los pabellones de la Exposición Internacional de 1929 y el museo de Culturas Populares, Por la tarde, en el mercado, un alarmista –que nunca faltan–, levantó el celular y gritó «¡Es pandemia!, ¡es pandemia!».

De regreso al departamento, nos enteramos de las medidas y del cierre de aeropuertos en Argentina previsto para el lunes 16. Imposible comunicarse con Iberia por teléfono, ni otro medio. La única oficina de Iberia estaba en el Aeropuerto. Viernes 13, nos lleva casi una hora encontrar la estación de buses que iba al aeropuerto. Viajamos en uno lleno de turistas franceses que adelantaron el regreso.

En la oficina de Iberia las opciones eran dos: domingo 15 vuelo de Madrid a Barcelona y conexión a Buenos Aires o el lunes directo Madrid Buenos Aires. Optamos por el domingo 15; volvimos a la ciudad, compramos pasajes de tren para Madrid y reservamos un taxi que nos pasara a buscar. Sábado 14 última recorrida por el casco histórico, algunos restaurants abiertos, en la gran mayoría; los empleados se repartían bolsas con comida, peces, carnes, quesos, panes, frutas, bajaban las persianas, se despedían y retiraban cabizbajos.

El taxi pasó puntual, otro tanto con el tren a Madrid. En el aeropuerto empezó lo que, en este momento de escritura me evoca al consejo de Horacio Quiroga: “No escribas al imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego” y se me hace cuesta arriba continuar.

Hicimos el check-in, pasamos por el control de equipaje esperamos. El vuelo a Barcelona de las 21,30 desapareció de las pantallas de anuncios para luego aparecer “Demorado”. Cada pantalla mostraba un mensaje diferente, cada mesa de control de Iberia daba información diferente.

Babel de extranjeros, hispanohablantes buscando vuelos, europeos, norteamericanos por conexiones a Inglaterra, único país del cual les estaba permitido regresar. Las coordenadas e información se pusieron de acuerdo; nuestro vuelo será a las 23,35, dos horas de demora, tiempo más que justo para llegar a Barcelona.

El azar nos junta con 10 argentinos en la puerta de embarque. Llegó nuestro avión; salen los pasajeros y esperamos, aparece un francés desesperado, y sin aliento: había olvidado la mochila con el pasaporte, el encargado de embarcarnos lo tranquiliza y le pide la ubicación de la mochila, desaparece por la puerta del embarque, regresa le pide al francés detalles de la mochila y contenido, nombre y apellido. Se la entrega, «esto que acabo de hacer está totalmente prohibido, ¡te olvidas ya! y lo mismo vale para vosotros».

En la angustia, recuerdo las caídas de San Juan de Acre y, setecientos años después, Saigón; en la primera fue la carrera por encontrar sitio en veleros, en la segunda en helicópteros, el mismo pánico. Embarcamos. Antes del despegue, el comandante nos dice que nuestro vuelo de conexión también está demorado, no obstante, volará a velocidad máxima y calcula reducir el tiempo de vuelo en 20 minutos ꟷsoy fanático de la puntualidad, fueron 26 minutos menosꟷ.

Al momento del carreteo, la llovizna se transformó en aguacero, luego de despegar, tomando altura, sentimos una fuerte explosión y una llamarada roja en la punta de un ala, el avión se estremeció. La voz del comisario de a bordo «tranquilos, fue sólo un rayo».

En Barcelona, corrimos por interminables pasillos, en inmigraciones los guardas sellaron los pasaportes tras darnos una breve ojeada «tranquilos estáis a tiempo».

El avión era diferente al que habíamos marcado el vuelo, mi asiento debió ser el peor de todo el pasaje. La cena fue magra pero deliciosa, lo mismo con los otros dos refrigerios.

En Ezeiza, presentamos los formularios, el personal de Iberia nos cita a los pasajeros que embarcamos con la conexión de Madrid; nuestros equipajes salieron en otro vuelo que llegará de Santiago de Chile el martes y nos será entregado en nuestro domicilio el martes.

Dos horas después estábamos en casa dispuestos a empezar la cuarentena. llamamos a una vecina para que nos haga hiciera algunas compras de alimentos.

Entre el miércoles 18 y jueves 19 tuvimos cuatro visitas, dos de la policía de la ciudad ꟷla segunda con corte de calle incluidoꟷ, una de la policía federal y una de bomberos con trajes tipo “catástrofe Chernobil”. Todos hacían las mismas preguntas, lugar de estadía en España, si habíamos firmado la declaración jurada cuando desembarcamos y violado la cuarentena. Algún vecino denunció nuestro regreso y “que deambulábamos por el edificio”. Toda la contención que tuvimos en Madrid, los dos vuelos de regreso y en Ezeiza se estrelló contra una denuncia anónima. «¿Ustedes tienen alguna animadversión con algún vecino?», preguntó el comisario, que se identificó en la segunda visita. El verdadero nostos estaba en casa, “el infierno son los otros”, dijo Sartre.

 





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