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Escritor Argentino

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Danilo Albero (Mendoza, 1947). Es licenciado en letras, narrador y librero. Ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (Beas, 1994) y Al mejor cazador (Sudamericana, 2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (Sudamericana, 1997), Jorge Newbery el señor del coraje (Sudamericana, 2003) y Variaciones Turner (Bajo la Luna, 2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (Alianza, 1993) -recopilación de  artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga- que será reeditado en versión corregida y ampliada. Ha traducido del portugués autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo (El conventillo, Simurg, 1997 y Amazon 2020), Machado de Assis (Ideas del canario y otros cuentos, Losada, 1993; Memorial de Aires, Corregidor, 2001; Don Casmurro, Amazon, 2020) y Rubem Fonseca, y del inglés a ErnestHemingway, George Orwell y Lafcadio Hearn.

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Fundación El Libro de Ensayo (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea de la Ciudad de Buenos Aires (2007).

Ha coordinado talleres literarios y dictó el seminario “Poéticas y prácticas del cuento” en la Maestría de Escrituras Creativas, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia.

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, WeekEnd y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ámbito Financiero,El Cronista, y La Jornada Cultural de México. Desde finales de 2015 al presente publica semanalmente en distintos medios virtuales notas literarias, de arte y ensayos.

Entre 1993-2000 fue miembro de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro. Donde ha dictado cursos e integrado jurados literarios.

 

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El papel impreso prevalece
El papel impreso prevalece

 

Hace dos semanas, Ángel, el encargado del edificio, mandó, a los vecinos del consorcio, un mensaje por WhatsApp donde nos informó que el domingo, junto con su esposa e hijo menor, tuvieron un accidente en el auto de un matrimonio amigo. El mensaje llegó acompañado de fotos del auto ─se salvaron de milagro, aunque los cinco bastante contusos─; el que más riesgo pasó fue el hijo de Ángel quien, luego de una tomografía ─fotos del tomógrafo con el niño adentro─ debió quedar internado cuarenta y ocho horas ─fotos del chico en la cama de la clínica y al lado la cara afligida de la madre─. Los días posteriores estuvieron cruzados por mensajes de texto e imágenes donde Ángel nos participaba sus angustias como padre, también de los noticieros donde se comentaba el accidente y la filmación de los dos vehículos destruidos, además de links para que viéramos los detalles truculentos.

Los mensajes colectivos de Ángel forman parte de su rutina para comunicarse y parece que fueron copiados por Eliseo ─el protagonista de la serie El encargado─ en lo que hace a la manera de participar e involucrar a los vecinos de un edificio. En realidad, creo que después de ver a Guillermo Francella en el rol de Eliseo, algunos propietarios e inquilinos de Buenos Aires vemos sus operaciones y estrategias de comunicación en nuestros porteros.

Pero la historia continuó los días siguientes cuando, con su hijo fuera de peligro, Ángel-Eliseo volvió al trabajo; ahora contó sus padecimientos y angustias a otros encargados de la cuadra, al peluquero y al zapatero que están próximos al edificio.

Su desgracia y angustia me evocaron la frase Otto Dix a raíz de algunos de sus cuadros más chocantes sobre mutilados de la Primera Guerra Mundial, “Seré famoso o tristemente célebre”, también algunas tomas de Wee Gee, famoso fotógrafo de asesinatos en Nueva York en los años ’30 del siglo pasado, y su reflexión  ─“Murders, were the easiest to photograph because the subjects never moved or became temperamental”─. También, pero sin tener idea de lo que estaba haciendo, Eliseo-Ángel, redactó un episodio nuevo para sumar a los otros veinte de una inolvidable película de mediados de los 60 del siglo pasado: I Monstri.

Recordé las fotos de la exposición de Wee Gee en Marzo del 2012, Murder is my Business, que vimos con Beatriz en el International Center of Photography de Nueva York. En ese santuario, sacar fotos de las fotos de los muertos, criminales y voyeurs de Wee Gee estaba vedado por otro Ángel ─el de la espada flamígera de las voces de los guardias de la sala que, cada dos por tres advertían “¡no photos please!”; no me detuve a observar si era para paralizar a alguien que intentaba hacerlo o como mera advertencia─. Tengo vívidas escenas retratadas: multitudes que observan muertos, tragedias, y las caras de los espectadores ─más inquietantes que las tragedias, los criminales o las víctimas─ contentos de aparecer en la foto que habría de salir en los diarios; por suerte todo eso se puede rescatar en Internet. También recuerdo que había una reconstrucción del dormitorio de Wee Gee y eso no se puede rescatar por Internet.

Lo que lamento de aquel viaje es que, por una razón que ignoro, borré los achivos RAW y jpg de las fotos de Nueva York que saqué. No las tengo en mi computadora, no las tengo en los discos rígidos externos que uso para tener copias de respaldo; copias que hago cada fin de semana de manera alternada en cada disco con obsesión de archivista. He borrado mis fotos. Lamento haber perdido una serie de dos músicos solitarios que encontré ensayando en el Central Park, un clarinetista y un saxofonista.

Sin embargo, conservo un álbum con fotos que saqué en Berlín en 1985 con una Olympus OM10 analógica ─actualmente reemplazada por una Fujifilm X-E3 digital─, imágenes en color que el tiempo viró a sepia pero, escaneándolas y retocando con Photoshop se podría recuperar el color original e incluso retocarlas ─aunque ahora en formato digital─. En aquellas fotos se puede ver el muro, algunas tomadas desde un mirador que se había levantado ex profeso en el lado occidental, desde donde se puede apreciar claramente que el muro era doble con una extensa explanada, con cercas de alambre de púa al medio para dificultar más el escape y facilitar la acción de los tiradores que abatían a quienes intentaban cruzar al lado occidental; otras de las lápidas de los que habían muerto en el intento; Checkpoint Charlie; y, del lado del este, Alexanderplatz, soldados alemanes de Alemania Oriental desfilando, con uniforme de tropas del ex Pacto de Varsovia, pero con paso de ganso y Kalashnikov al hombro, con el valor agregado del comentario de un conocido argentino que vivía en Berlín occidental y que ofició de Tiresias en ese paseo por el “lado de los malos”: “qué te extraña, Danilo, son prusianos y llevan cuarenta años de estalinismo”. Tengo las fotos de Berlín en papel de 1985, las puedo digitalizar. Pero se me perdieron las de New York de 2012. Deberé acostumbrarme a seleccionar cada vez que saque fotos las que más me gusten y tener copia en papel.

Otro tanto debería hacer Ángel, si quiere mantener el registro de su tragedia y también del rol involuntario de guionista de un nuevo sketch para sumar a los otros veinte de aquella inolvidable película de mediados de los 60 del siglo pasado I Monstri de Dino Risi. Vale la pena verla, o volverla a ver.

 






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Nocturnalia
Nocturnalia

Nocturnalia

 

Cimeria era una región mítica de la que Ulises cuenta en el Canto XI de Odisea: “la ciudad de los Cimerios, cubierta por la oscuridad y la niebla, sin que jamás el sol resplandeciente los ilumine con sus rayos, ni cuando sube al cielo estrellado, ni cuando vuelve del cielo a la tierra, pues una noche perniciosa se extiende sobre los míseros mortales”; por su parte, Herodoto registró su ubicación en los confines del Mar Negro. Ya Ovidio en Metamorfosis precisó que en Cimeria tiene su palacio el Dios del Sueño, allí todo es oscuridad y silencio. El Dios del Sueño tiene varios hijos, de ellos se destacan: Morfeo, artífice imitador de la figura humana, remeda el timbre de la voz, la manera de andar, vestidos y palabras más usuales; Icelón ─o Fobeto─, quien se convierte en reptil, fiera, insecto, pez o ave; y Fántaso, que tiene artimañas diferentes, asume la forma de tierra, roca, agua, madera, fuego y todo lo que carece de aliento vital.

Un día, Juno encomendó a Iris, mensajera de los dioses, anunciada por la estela de siete colores que deja a su paso, a pedirle a este Dios que enviara a una viuda, mediante un sueño, la noticia de que su marido había muerto ahogado en un naufragio; el cadáver había retornado hasta el muelle desde donde zarpó y allí yacía insepulto.

Ni bien llegó al palacio, Iris fue apartando los sueños con los resplandores de su vestido, sutiles cortinas que le cerraban el paso. Cuando llegó al lecho del Dios, este sacudió su letargo, recibió el encargo y se volvió a adormecer. Iris, que no podía resistir su creciente sopor, huyó seguida de su arco de siete colores. Como los sueños nunca son literales, me pregunto cómo el Dios habrá transmitido el mensaje.

Como le sucede a todo el mundo, mis impredecibles sueños, o viajes nocturnos al reino de Cimeria, están influenciados por vivencias cotidianas que Freud llamó “restos diurnos”. Aunque mis restos diurnos, están marcados por lecturas, muchas veces noticias de diarios o televisión matizadas con pasajes de libros, que estoy leyendo o recuerdo.

Las últimas noticias que estuvieron merodeando a mi alrededor, tuvieron que ver con la purga ocurrida en China, con resabios de las de Stalin. Solo que esta purga se la pudo ver, en simultáneo y por televisión, el sábado 22 de octubre en el XX Congreso del Partido Comunista ─que elevó al actual líder, Xi Jinping, a una cota de poder solo alcanzada por Mao Zedong—. Asistimos a cómo, antes de las votaciones, el ex presidente chino, Hu Jintao, fue forzado a levantarse por dos custodios de civil, algo que con certeza éste no previó ni en sus peores pesadillas. Ninguno de los compañeros de mesa desvió la mirada; geometría fúnebre presidida por la cara inexpresiva e impávida y la mirada distante de Xi Jinping ─resabio de las purgas de Stalin, en vivo y en directo, que no pude menos que relacionar con otra mirada, tan inquietante en impasibilidad, la cara fría de verdugo de Vladímir Putin─. Si al ex presidente se lo borra de esa manera, ¿qué destino pueden esperar los desconocidos ─y sospechados─ integrantes de su entorno?

Restos diurnos que afloraron en el viaje a Cimeria de mi sueño de anoche, donde Morfeo, Fobeto y Fántaso incursionaron; en él un ejército de infantes y caballeros, como los guerreros de terracota que custodian la tumba de un distante emperador, avanzaba precedido de gigantes de terracota que daban saltos como ranas ─conocido como salto en largo sin impulso─ y movimientos de gimnasia artística. Ninguna referencia a sus rasgos y nacionalidad, pero en mi sueño supe que eran chinos. Y, al momento en que escribo estas líneas, veo que también influyó en mi sueño, un documental sobre parkour, que vi por televisión, donde un grupo de jóvenes sorteaban todo tipo de obstáculos corriendo por calles, y techos.

Al despertar, recordé vagamente lo vivido en el viaje a Cimeria y pensé que fue una suma de distintos componentes; por un lado un conjunto de notas que conforman un acorde, seguido de arpegios, la ejecución de un acorde tocado en sucesión de sus notas por separado. Aunque las referencias de mi sueño no fueron musicales sino lecturas y noticieros, que resultaron en una parafernalia de imágenes y, ya despierto, lo que me quedó fue el difuso recuerdo de lo soñado y la palabra parafernalia; y me dediqué a buscar sobre sus múltiples significados y derivas.

La RAE, parca en la definición, aclara que parafernalia deriva del inglés paraphernalia y es el: “Conjunto de usos habituales en determinados actos o ceremonias, y de objetos que en ellos se emplean”.

El Oxford y el Merriam Webster on line fueron más locuaces, paraphernalia es el conjunto de bienes personales o equipo de una persona. Así se puede hablar de parafernalia de escalada, jardinería, carpintería o bienes transportables que alguien posee: i.e. “embaló toda su parafernalia y emprendió viaje hacia el sur”. Lo interesante es la etimología, en su origen, parafernalia era la propiedad de una mujer casada, a diferencia de la propiedad de su esposo o la dote que ella aportó al matrimonio. Parafernalia llegó al inglés, a través del latín medieval derivado del griego paraferna, la propiedad de la novia además de su dote, derivado de para (más allá) y pherne (dote). Un supérstite de este significado es para la RAE, bienes parafernales: “propios de la mujer en el matrimonio, por aportación o por adquisición posterior”. De donde la arcaica palabra ofrece connotaciones impensadas respecto a la propiedad femenina.

Pero además los dos diccionarios en inglés dan un uso adicional al sufijo alia, que sería, en plural, los utensilios o elementos relacionados con una actividad y el ejemplo que ofrece el Oxford es kitchenalia, el equipo de un chef de cocina. En mi caso, las estilográficas, lápices, gomas y marcadores que uso para escribir son mi escrituralia.

En el Jardín Botánico de Plaza Italia hay otro alia, la escultura Saturnalia, diez protagonistas borrachos: un sacerdote, patricios, patricias, un niño, un gladiador, una prostituta, un soldado y un músico que festejan las fiestas saturnales, símbolo de la decadencia de Roma.

Con el fluir de estas líneas le he dado vueltas al título, Nocturnalia: nocturno cuando, a la hora del viaje al país de Cimeria, reviven los restos diurnos en forma de conjunto ─alia─. Y concluyo que Nocturnalia son aquellas cosas que ocurren por la noche, al dormirnos tras ver una película, leer el libro, o tener una conversación. Ahora en manos de los molinos de nuestra vida, real o imaginada.

Con la onírica letra del tema musical de El affaire de Thomas Crown ─la original de 1968, no la olvidable remake de 1999─: “Round like a circle in a spiral / Like a wheel within a wheel / Never ending nor beginning / On an ever spinning reel”.

 

 

 







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Funcionalidad, forma, contenido
Funcionalidad, forma, contenido

Avanzado en de War How Conflict Shaped Us, de Margaret McMillan, me acicateó releer a Sung Tzu, libro que transité hace eones y, al buscarlo en la biblioteca, enfrenté una breve angustia y dos prometedoras alegrías. Porque me quedé con las tapas en la mano y, al ser un libro de hojas coladas y no cuadernillos, fue como tomar un mazo de baraja. Mientras indagaba por internet en busca de probables ofertas de nuevas ediciones resolví coserlo y volver a pegarle las tapas, me sobrevivirá; fue la primera alegría.

Las razones por la que decidí ponerlo en uso fueron: la variante en el título ─mi edición de Editorial Ciencia Nueva (1973) es Los trece principios del buen guerrear, todas las versiones que encontré hablan de El arte de la guerra─, el formato en octavo mayor, apto para leerlo acostado, y los subrayados y anotaciones; los dos últimos se podían solucionar si compraba un ejemplar nuevo, era sólo copiarlos. Pero, como cada vez que resuelvo restaurar un libro destartalado, me hizo ver que, deshacerme de él, era como desprenderme de parte de mi vida, hojearlo me hizo recordar el momento en que lo empecé, un 18 de junio, junto con otras lecturas de ese período que, notas mediante, dialogaban con él.

Los postulados de Marie Kondo ─sólo conocerla por referencias periodísticas aguijonea mis más deleznables prejuicios─ no entran en mi cosmos existencial; deshacerme de alguna cosa, incluso aquellas a los que apenas he prestado atención durante años es deshacerme de una parte de mi vida. Algo que me da enorme satisfacción es descubrir algún objeto olvidado que se ha remozado y vuelto de uso cotidiano. Por otra parte conservarlos sin darle uso implica enfrentar callados reproches cada vez que abro armarios y cajones. Es lo que me pasó a partir del 2020 cuando careaba pantalones, chaquetas, camisas, gemelos y corbatas que, clausura y cese de actividades presenciales impuestas, había condenado a la obsolescencia.

Este año, con la reapertura de la Feria del Libro, como miembro de la Comisión de Cultura, volví a la actividad social regular. Dos sorpresas: en los encuentros de trabajo y la inauguración, salvo algunas autoridades, escasos presentes y yo, camisas y corbatas brillaron por su ausencia; la luz del entendimiento me hace postergar el vestuario del escritor que realizó el baldío discurso de apertura. Otro tanto pasó con la cámara, sólo fotógrafos y camarógrafos, la mía se veía tan fuera de lugar como un frasco de chimichurri en un almuerzo de vegetarianos.

Objetos de uso cotidiano y atuendos son alusiones directas al transcurrir de nuestra vida, nos definen, indican quienes somos, o no. Los diseñadores de ropa y objetos de uso cotidiano ofician de sacerdotes que, además de resolver problemas estructurales y funcionales, son responsables de que objetos, marcas y diseños ─auténticos o ersatz, la película La casa Gucci de Ridley Scott, basada en el libro de la investigadora Sara Gay Forden, muestra como es la misma firma quien, de alguna manera, supervisa el mercado de falsificaciones a bajo precio para garantizar su “autenticidad”─ nos narren como si fuéramos una historia. Lujo o su imitación, nos identifican. No es lo mismo un buen par de anteojos de sol que los que usa alguna o algún influencer o deportista, tampoco un buen celular que uno con el logo de la manzana, con la huella de un mordisco. De la misma manera Los trece principios del buen guerrear, es un libro con pedigree, como si fuera un reloj de alta gama, y uno de mis lujos; en su caso por el delicioso diseño de la tapa que opaca todas las versiones que encontré por internet; el hábito hacen al monje y al neurocirujano.

En una primera apreciación, el lujo es el placer compartido de apreciar cosas materiales hechas con arte y virtuosismo; una manera de compartir entre el creador y el propietario, muchas veces relacionado con objetos de uso cotidiano; ya en la sociedad de consumo, cuya fuerza vital es la cultura de la publicidad, la idea de lujo demanda que nuestros semejantes tengan idea del elevado costo que, en muchos casos, se sobrepone a la belleza, a veces cursilería químicamente pura.

La escasez o necesidad de cosas sencillas puede dar otra dimensión al sentido del lujo, ahora identificado con abundancia y disponibilidad; de esto saben, quienes carecen de servicios, luz o agua; un sistema de abastecimiento eléctrico y de agua potable pasan a ser una manifestación de riqueza y bienestar inconcebible. Otro tanto pasó en la pandemia con el celular; infinidad de estudiantes de bajos recursos, sin internet o computadoras, vieron que disponer de uno de ellos era un lujo imprescindible.

Los celulares ocupan un lugar omnipresente en nuestra vida cotidiana, herramientas imprescindibles de la vida moderna, y si bien sus formatos son parecidos, algunos suman el lujo de exhibir determinados logos que certifican su rol de suntuario. El celular va añadiendo funciones, en proceso de cambio y de manera promiscua: teléfono convencional, sistema de mensaje de texto, reloj pulsera, despertador, cronómetro, cámara fotográfica y filmadora, radio, agenda, grabador, permite realizar transferencias de dinero y transacciones financieras. Pero además abre un abanico de funciones impensadas: desde un sistema para seguir los pasos de alguien sin ser detectado a detonador a distancia para artefactos explosivos.

El diseño de tapa de mi edición de Los trece principios del buen guerrear, fue otro lujo que me llevó a conservarlo: fondo amarillo patito, el contraste de la tipografía Intestate del título y, en el tercio inferior, la ilustración de guerreros chinos combatiendo con inscripciones en el mismo idioma ─sin duda de alguna vieja ilustración─; todo menos el fondo en color negro, como de tinta china.

Porque el sentido del gusto, ligado a la presentación, condiciona nuestras papilas, ojos y oídos. A nadie se le ocurriría usar el sacacorchos de una cortaplumas Victorinox para abrir una botella de vino fino, o beber un Pure Malt de 18 años en una botella de Coca Cola, o un buen champán extra brut frío en una taza de café con leche, tampoco hacerlo transpirados luego de una sesión de gimnasia. El sentido del gusto determina nuestra respuesta y percepción entre contenido y forma.

 





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Balas de plata
Balas de plata

Mi primera incursión en el mundo de los vampiros fue a los seis años, de vacaciones en Santiago de Chile. Una historieta en blanco y negro; un cowboy que, al caer la noche pide refugio en un lujoso rancho, lo recibe una bella mujer quien, luego de invitarlo a cenar, le ofrece un cuarto para que descanse. Al salir cierra la puerta con llave. Desde el lado de afuera, le dice que es una vampira y que, más tarde, volverá porque será su hora de cenar. El héroe sabe que a los vampiros se los mata con una estaca con la punta de plata clavada en el corazón, no tiene estaca pero en el cuarto hay una jarra de plata. Con su puñal labra un proyectil usando el mango de la jarra y reemplaza con este el plomo de una bala de su revólver; cuando la puerta se abre, se acabó la historia.

No pasó mucho tiempo, para enterarme que la historieta era algo falsa; las balas de plata no funcionan con estos hematófagos vivos después de muertos; contra ellos son efectivos ristras de ajos, estacas de madera con la punta aguzada, rosarios y cruces, estas últimas son mucho más simples todavía; el cowboy podría haber roto una silla y hacer una cruz con trozos de las patas. Las balas de plata son letales para otros monstruos nocturnos, comunes a muchas culturas ─y con versiones mucho más ricas que la del conde vinchuca macho de dos patas que vino de Transilvania─: los hombres lobo. Los hombres lobos, llamados lobisones en Iberoamérica, loup-garou en la América francófona y werewof en la angloparlante, aparecen las noches de luna llena, hora de la metamorfosis.

La primera alusión literaria a hombres lobos que conozco es del siglo I antes de Cristo; la comedia Asinaria, de Plauto. En el acto segundo, el mercader, a propósito de una transacción que no ve clara, le dice a Leónidas ─uno de los buenos que lo termina estafando─: “A pesar de todo, no me convencerás a que confíe mi dinero a un desconocido como tú. Cuando no se le conoce, el hombre es un lobo, no un hombre, para con el hombre”. De aquí surge el proverbio ─sin duda de origen anterior─ “Homo homini lupus”.

Ya con el cine, mi relación fue mucho más frecuente con hematófagos de frac que con hombres lobo. De los dos géneros de películas rescato una de cada uno, las dos con matices cómicos, que rompen con el canon de terror, y que vuelvo a ver cada tanto en canales culturales de televisión: La danza de los vampiros de Polanski (1967); y Lobo con Jack Nicholson quien, como es de esperar, cuando le viene la viaraza licantrópica aún sin pelos ni hocico lobuno es mucho más lobo que el lobo más pintado.

El paso de los lobos al lenguaje usado en comentarios y reflexiones de periodistas, políticos y estadistas es la expresión “bala de plata”, como sinónimo de solución a un problema para una causa justa. La historia empezó con un famoso justiciero: el Llanero Solitario, el héroe de Felipito, el amiguito de Mafalda.

El Llanero Solitario es viejo conocido, devoré sus historias en revistas mexicanas. Era un ranger de Texas, dado por muerto por los malos, junto con su patrulla, fue rescatado por un amigo de la infancia, un piel roja vestido de nativo americano, vincha y pluma incluida, que lo llama kemo sabay (amigo fiel). En contrapunto kemo sabay tiene un atuendo bastante vulgar y bizarro: ropas celestes, sombrero blanco; guantes, botas, pañuelo al cuello y antifaz negros. Su caballo se llama Silver y usa balas de plata, en razón de que jamás tira a matar a los malos, los hiere para que la justicia se haga cargo de ellos. De allí su gesto al final de cada historieta, sobre una colina, el caballo rampante, el Llanero Solitario con el sombrero en la mano y su famoso grito de batalla “Yahoo Silver, a luchar por la justicia”.

A su vez las balas de plata de kemo sabay, tienen tatarabuelo, en el cuento “Los dos hermanos” de los hermanos Grimm. Mellizos que son excelentes tiradores; en un momento se separan prometiendo volverse a ver. Al tiempo, uno de ellos recibe la noticia de que su hermano ha sido petrificado por una bruja; va en su busca y esta lo espera arriba de un árbol, le advierte que es inmune a las balas, lo cual resulta cierto, pero el tirador reemplaza el plomo por botones de plata, lo que da origen al final feliz del relato. Así tenemos hoy la expresión “bala de plata” como una solución segura, simple e instantánea para un problema aparentemente intratable o insoluble.

Recuerdo la primera vez que escuché esta expresión, a finales de septiembre 2003, a raíz del atentado de las Torres Gemelas, la Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Condoleezza Rice, dijo una frase que resonó en todo el mundo: “There was no silver bullet that could have prevented the nine eleven attacks” (No hubo bala de plata que pudiera haber evitado los ataques del nueve once).

Otro término ─anterior a la expresión de Condoleezza Rice─ relaciona la balística con fines médicos, pero acuñado en alemán: “zauberkugel” (bala mágica); acuñado a principios del siglo pasado por el premio Nobel Paul Ehrlich, refiere a fármacos que actúan de forma específica contra algún patógeno sin ocasionar daños en otras células del enfermo. Paul Ehrlich desarrolló, un derivado del arsénico que llamó “Compuesto 606” que resultó eficaz para combatir la sífilis y el precursor de la quimioterapia; su conclusión fue: “Debemos aprender a disparar a los microbios con balas mágicas".

Mi bala de plata favorita es el sobrenombre del rey, ─perdón, emperador─ de los cócteles, el dry martini. Brillante y frío como una bala de plata, seco y contundente como una puteada blasfema. El dry martini, tiene gin, con una gota de vermut blanco y seco ─Churchill sostenía que bastaba con que un rayo de sol atravesara la botella de vermut e incidiera en la copa─. La mezcla debe ser revuelta con mimo en vaso mezclador, nada de agitarlo en coctelera y de esto sabía Ian Fleming quien hizo que James Bond lo pidiera “stirred not shaken”; algún guionista de la primer película de la saga ─con toda seguridad abstemio─ que no tenía la mínima idea del asunto lo cambió por “shaken not stirred”. La mezcla va servida en una copa con dos aceitunas verdes ─yo uso cuatro─. Y un twist de cáscara de lima.

Cóctel literario si los hay y cosmopolita. Actor principal en muchas películas a la hora de escenificar cócteles mundanos.

Y una excelente inspiración que éste sábado me llevó a escribir sobre balas de plata.

 

 





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Otros viajes
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El Romance de Alejandro, escrito por el poeta español Juan Lorenzo Segura de Astorga a mediados del siglo XIII, es una versión de Li romans d'Alixandre, del escritor normando, Alexandre de Bernay, quien, a su vez, se habría inspirado en Vidas y hazañas de Alejandro Magno, escrita nueve siglos antes, por un autor cuyo nombre da la genealogía de esta saga, Pseudo Calístenes.

Poco se sabe de vida y obra Pseudo Calístenes, sólo que nació en Alejandría a principios del año 300, que nunca viajó más allá de los límites de Egipto y no era un escritor culto ni refinado, pero su libro ─o versiones y adaptaciones de él─ fue traducido al griego, árabe, persa, hebreo, inglés, turco, etíope, español y francés.

Vidas y hazañas de Alejandro Magno fue escrita siete siglos después de la muerte de Alejandro Magno, lo cual da una idea del peso de la trayectoria de las conquistas del macedonio en el imaginario colectivo de Europa y Asia. Y la razón del nombre de su autor es que Calístenes de Olinto, el auténtico Calístenes, a quien ─para diferenciarlo del Pseudo Calístenes─ podríamos llamar “Vero Calístenes”, fue el tutor de Alejando Magno y lo acompañó en sus conquistas.

Más allá de la historia de este relato, y las derivas de originales y versiones de versiones, Vidas y hazañas de Alejandro Magno tiene una similitud con las aventuras de otro viajero que demoró diez años en volver a Itaca, y quizás sea el mérito y la razón de su trascendencia literaria. Porque Vidas y hazañas de Alejandro Magno además de ofrecer una imagen idealizada de Alejandro Magno a un público ávido de relatos fabulosos y a tierras extrañas, también nos presenta ─y de alguna manera crea─ un arquetipo y un tópico literario: el viajero a la procura de conocimientos y saberes y no un comerciante, conquistador o emigrante en busca de mejores condiciones de vida.

Así, el Romance de Alejandro de Juan Lorenzo Segura de Astorga, tiene dos pasajes dedicados a viajar por geografías no accesibles a los contemporáneos del protagonista: el fondo del mar y el cielo. En ambos casos, el motivo es una simple curiosidad intelectual, veamos las razones: “Dizen que por saber que fazen los pescados / commo uiuen los chicos entre los mas granados / fizo cuba de uidrio con puntos bien çerrados / metio-s’ en ella dentro con dos de sus criados” (Dicen que por saber qué hacen los pescados / cómo viven los chicos entre los más notables / hizo cuba de vidrio con juntas bien selladas / se metió en ella con dos de sus criados); y: “Alexandre el bueno podestat sin frontera / asmo una cosa yendo por la carrera / commo aguisarie poyo & escalera / por ueer todo’l mundo commo iaz o qual era” (Alejandro el bueno de potestad ilimitada / ponderó una cosa yendo por el camino –andando– / como proveer poyo o escalera / para ver todo el mundo como existe tal cual era).

Pseudo Calístenes tuvo antecedentes en la literatura griega y latina prolífica en viajes por distintos motivos: con el objetivo de una búsqueda, Jasón; como víctima de circunstancias adversas, Odiseo; o en busca de un nuevo destino para su pueblo, el troyano Eneas. Pero además, el regreso de Odiseo agregará una variante a los riesgos del viaje, la del naufragio o llegar a tierras desconocidas como consecuencia de una tempestad, pueden ser los vientos liberados de los odres de Eolo, La Tempestad de Shakespeare, o el huracán que llevó al ingeniero Cyrus Smith y a sus compañeros a 12.000 kilómetros de Virginia en La isla misteriosa de Julio Verne.

Más allá de estas premoniciones y anticipos literarios de más de veinte siglos, el hombre debió esperar 1400 años al intento de Alejandro en Vidas y hazañas de Alejandro Magno para ver el mundo desde los aires, cuando dos franceses hicieron el primer viaje en un globo de aire caliente en 1783, invento de los hermanos Montgolfier; y hasta 1819 para poderse desplazar por el fondo del mar con una escafandra, inventada por Augustus Siebe; hasta 1961 para el primer viaje al espacio y ocho años más para poner el pie en la luna.

En este largo periplo, cambiaron las motivaciones de los viajeros literarios, entre otros: estados de ánimo o enfermedades que requieren convalecencia; tal el caso de Ismael en Moby Dick (1851), víctima de una fuerte melancolía cuya única opción fuera del viaje por mar era “la pistola y una bala” y el no ficcional viaje  de Richard Henry Dana quien, para recuperarse de una escarlatina que casi le hace perder la visión, emprendió un viaje como marinero desde Boston a California ida y vuelta vía Cabo de Hornos y que nos dejó el imprescindible Dos años al pie del mástil (1840, Two Years Before the Mast).

También los hay quienes viajan ─y han viajado─ huyendo de hambrunas o miserias, estas de macabra contemporaneidad, entre otras: pateras o gomones intentado cruzar el Egeo y el Mediterráneo, o espaldas mojadas intentando llegar a la ribera norte del Río Bravo. Emigraciones que tuvieron un antecedente en cifras difíciles de superar hasta el día de hoy con la “gran hambruna irlandesa” de mediados del siglo XIX, de resultas de la cual Irlanda pasó de casi nueve millones y medio de habitantes a los casi siete que tiene en la actualidad.

Hoy en día los viajeros han reducido las posibilidades de transformar sus derivas en aventuras; los mayores riesgos que acechan son huelgas imprevistas de transporte o una cuarentena por brote de COVID u otra enfermedad contagiosa en un megagrucero ─más parecidos a cargadores de containers que a los veleros de Richard Henry Dana o Ismael─. También están las variantes imaginables de “turismo aventura”, de reservas accesibles por Internet, tarjeta de crédito mediante, donde surgen otros riesgos como vino blanco tibio con el pescado o que falte nuestro postre favorito.

Hay otros viajes, los de las estantes de la biblioteca, uno de los más mentados Viaje alrededor de mi habitación (Voyage autour de ma chambre, 1794) de Xavier de Maistre, y un favorito de mi infancia, recuperado hace un par de años en una búsqueda por Internet, Un paseo por la casa (escrito en vísperas de la Segunda Guerra mundial) de M. Ilin, un ingeniero ruso. El libro está dividido en seis estaciones, ya que no capítulos, donde cuenta la historia de los objetos y comodidades de la vida cotidiana: desde la cocina al armario del dormitorio, desde el tenedor hasta la ropa de lana. Pero, si se lo presto a mis sobrinas para que lo lean, requeriría de una guía de viaje.

Porque hoy en día los relojes analógicos y de cuerda, el lechero que hace su entrega todas las mañanas, el correo y las estampillas y las ollas enlozadas sólo son visibles a través de otras ventanas; y luego de voluntarias búsquedas. Las ventanas de Windows.

 

 





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