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Escritor Argentino

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Danilo Albero, nació en Mendoza en 1947. Es licenciado en letras, narrador y librero. Como narrador ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (1994) y Al mejor cazador (2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (1997), Jorge Newbery el señor del coraje (2003) -de cuyo título, imposición de asesor de marketing de la editorial, siempre renegó- y Variaciones Turner (2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (1993) -recopilación de 36 artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga, que incluye 9 textos inéditos-. Ha traducido del portugués a autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo y Machado de Assis y del inglés a Lafcadio Hearn (a publicar en 2016).

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, organizado por la Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Ensayo, organizado por la Fundación El Libro (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea (2007).

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, Week End y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ambito Financiero, El Cronista, y La Jornada Cultural de México.

Entre 1993-2000 fue miembro electo de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro.
 

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Comorbilidad ¿tiene antónimo?
Comorbilidad ¿tiene antónimo?

Comorbilidad ¿tiene antónimo?

 

No es secreto para nadie que, a causa del código genético homicida del Homo Sapiensautoetnónimo que le permite sobrepasar cualquier límite a la hora de matar a los rotulados con un exónimo que lo justifique, exterminar especies animales y vegetales, provocar daños ecológicos irreversibles y contaminar la tierra a destajo─, la guerra es una de sus actividades más destacadas. Es característica del ser humano que la guerra, curiosamente, es un factor que trae aparejado el progreso como valor agregado, y sobre este tema la literatura ha reflexionado desde Aristófanes en adelante. En una breve y sucinta reseña podemos deducir cómo las guerras napoléonicas nos legaron adelantos que perviven: el método Appert –del cual disfrutamos cuando abrimos cualquier tipo de conserva en lata– y, los primeros protocolos de la medicina en el campo de batalla: priorizar la gravedad del herido sobre título de nobleza o rango militar. Podíamos seguir con los avances en ortopedia al final de la Guerra Civil de los Estados Unidos y, así como el desarrollo de la confección masiva de ropa y calzado ─es bueno recordar que la idea de padronizar las medidas de ropa y número de calzado fue una necesidad logística que superó el ejército de la Unión; hasta ese momento se confeccionaban tallas patrón y cada consumidor debía ajustar las prendas a su tamaño─; también el salto en técnicas de cirugía estética en la contienda de 1914-1918; uno de los mayores estragos de la guerra de trincheras fueron las heridas en la cara. Se necesitaron dos palabras en francés para designar a los nuevos mutilados, que proliferaron en las calles, pinturas y caricaturas de Otto Dix y George Grosz, los gueules cassées ─literalmente “jetas rotas”, la excelente novela Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre habla de la vida de uno de ellos; la adaptación al cine es imperdible.

Continuando con una breve y sucinta analectas, los progresos en la guerra aérea de la Primera Guerra Mundial llevaron al desarrollo de la aviación como medio de transporte ─los primeros aviones de pasajeros fueron bombarderos reciclados─ y, a finales de la segunda, a su predominio como transporte de larga distancia; hasta un punto tal que hoy, en tiempo del Covid 19, muy pocos millenials recuerden que hace 60 años atrás los viajes a otros países distantes sólo eran posibles en olvidados transatlánticos. Otra herencia de la Segunda Guerra fue la organización, mantenimiento y movilización de grandes masas de tropas ─que incluye, mecánicos, médicos, enfermeros y todo tipo de abastecimiento; un detalle poco conocido, por cada hombre en combate hay casi 20 en retaguardia─; la herencia civil de ese nuevo know how fue el desarrollo de lo que hoy llamamos multinacionales y sus todopoderosos estados mayores, los ejecutivos de la década del ’60 del siglo XX y –los gremlins contemporáneos–, los CEO.

Un libro publicado en 1941 que anticipó este nuevo fenómeno La revolución de los directores (The Managerial Revolution) de James Burnham al que, luego de trabajosas búsquedas encontré en la Feria de San Telmo, envuelto en papel film, integro pero destrozado, como un gueule casée, y volví a encuadernar salvando la tapa original. Fue después de leer La revolución de los directores, que Orwell tuvo los elementos para acuñar el término “guerra fría” y escribir 1984. Dos palabras de cuño bélico y cotidiano uso: fuego amigo ─los políticos saben de esto─ y daños colaterales ─ídem.

No estamos en guerra, pero tenemos ese nuevo Caballo de Troya, mejor Pangolín de China, que ha colocado a la humanidad en riesgo de extinción, amenaza que deja la de la guerra nuclear a la altura de un cuento de Hans Christian Andersen. Y este invento chino, como el papel y la pólvora, ha revitalizado un término, mejor concepto, al cual no le he encontrado un antónimo: comorbilidad.

La comorbilidad son las dolencias o antecedentes de enfermedades que suman riesgo a una nueva; en el caso del Covid 19, ya sabemos, son varias, las dos más graves son ser viejo o pobre, peor, viejo pobre. No he encontrado un antónimo de esta palabra acuñada hace medio siglo, ¿podría ser covitalidad? En este domingo 10 de mayo 2020, donde el mañana es incierto como lo cuenta el Apocalipsis de San Juan, del cual sólo la ilusión de encerrarnos hace creer que nada nos ha de pasar, he descubierto, ya que no vacunas, antídotos literarios.

El primero es el quevediano soneto “Desde la torre”: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos”. Pero además pensando a calamo currente, mejor digiti currente, en un mundo pos Apocalipsis en que no haya libros, la covitalidad estará dada por la memoria de los sobrevivientes que tomen la responsabilidad de mantenerlos vivos. Renacerán los rapsodias que canten glorias pasadas, así surgió la literatura con El cantar de Gilgamesh y siguió con La Ilíada y Odisea, el resto es conocido.

La historia de Farenheit 451 de Bradbury es sabida, en un mundo futuro los bomberos no apagan fuego sino que queman libros, está prohibido leer pero no ver televisión, Guy Montag, el bombero incendiario protagonista, cambia de bando y termina juntándose con un grupo de fugitivos que se han propuesto salvar los libros. La versión fílmica de François Truffaut, tiene una deliciosa vuelta de tuerca, los fugitivos se llaman “hombres-libro” y viven escondidos en los bosques y tienen como misión aprender un libro de memoria. Guy Montag ha llevado el suyo; sabe que tiene una misión que justifica su existencia, memorizarlo para transmitirlo a otras personas. Creo que, en la película, el libro de Montag era Historia de dos ciudades.

No sería mala práctica leer algún libro con compañeros de encierro o por redes sociales. No sé ningún libro de memoria, aunque sí largos pasajes del Martín Fierro y Soledades de Góngora; sonetos de Quevedo y Lope de Vega; poemas de Borges y dos de The Old Huntsman de Sigfried Sasoon. En el universo de Farenheit 451, seré un “hombre-antología”.

 





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El conventillo
El conventillo

Publicada en 1890, y casi en simultaneidad con los hechos históricos novelados, El conventillo (0 cortiço) es un hito en la narrativa naturalista brasileña e iberoamericana. Con el modelo de Zola en La taberna (L’assommoir), Aluísio Azevedo recrea un conventillo en el barrio de Botafogo (Río de Janeiro) con su mundo de lavanderas y artesanos, patrones, esclavos, venteros, financistas y aristócratas, en una galería de personajes típicamente brasileños. Entre otros: inmigrantes portugueses, artistas y músicos, ricos venidos a menos, gente de bajos fondos, prostitutas y mestres de capoeira. En este universo ficcional se destaca, como un arquetipo, la imagen de Rita Baiana, sensual mulata, feminista avant la lettre, farrista y solidaria, eximia cocinera. Una personalidad que, a partir de este novela, el imaginario cultural se encargará de copiar y recrear.

 

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Los nostoi del coronavirus
Los nostoi del coronavirus

La Odisea cuenta los diez años que, terminada la guerra de Troya, demandó el viaje, o nostos, el regreso de Ulises a Itaca. De esa palabra deriva el término nostalgia, y su plural es nostoi. Además, nostoi es un género literario que narra el regreso a la patria en condiciones azarosas. Previo al viaje de Ulises hubo otro nostos famoso, Argonáuticas: el viaje de Jasón y los Argonautas; escrito cinco siglos después de Odisea. Misterios desconcertantes de la cronología griega, porque, en el canto VII de La Ilíada, aparece el hijo de Jasón e Hipsípila, el jasónida Eumeo, quien viene con un cargamento de vino para venderle a los griegos que están sitiando Troya.

Otro nostos famoso, y verídico, ocurrió un siglo después de Argonáuticas, fue Anábasis ꟷconocida como La expedición de los diez milꟷ del polígrafo Jenofonte ꟷfue discípulo de Sócratesꟷ. Narra las peripecias de 10.000, mercenarios griegos que emprendieron una retirada de 1500 kilómetros a través de las montañas de Armenia en busca del Mar Negro. Jenofonte registra el momento más emocionante cuando escucha, desde una colina, los gritos de los exploradores que había envidado: “¡El mar! ¡El mar!” (¡Thalassa! ¡Thalassa!): en Trebisonda, en las costas del Mar Negro, el regreso a casa estaba asegurado. Veinticuatro siglos después de Anábasis, millones de voces también gritarían, ya que no ¡Thalasa!, ¡Aeropuerto!; los nostoi del coronavirus.

El domingo 8 de marzo, salimos para el que ꟷeso creímosꟷ iba a ser nuestro viaje más organizado en años. Buenos Aires Madrid, Atocha y directo a Sevilla.

El 14 iríamos a Córdoba y el 18 estaríamos en Madrid. Beatriz tenía tres días de un encuentro en la Complutense; el resto cuidadosamente pautado: museos, galerías de arte, renovar el carnet de lectores en la Biblioteca Nacional de Madrid, librerías.

Cuando desembarcamos en el aeropuerto Adolfo Suarez empezaron los imprevistos y, aunque no lo sabíamos, nuestro nostos. Domingo 8 en Atocha, primer inconveniente, una huelga de trenes demoró cinco horas la partida, llevó más tiempo llegar de Madrid a Sevilla que el vuelo desde Buenos Aires. El lunes confirmamos nuestras reservas de alojamiento en Córdoba, para el día 14 y Madrid, del 19 al 30.

El martes por la mañana confirman a Beatriz, por e-mail, el encuentro en la Complutense se hacía; luego, a las 20, se habían cancelado las clases y cerrado la universidad y colegios. El resto del viaje continuaba, tambaleante pero firme.

En los dos días siguientes, alcanzamos a recorrer la ciudad, visitar el Alcázar y, el jueves 12, los pabellones de la Exposición Internacional de 1929 y el museo de Culturas Populares, Por la tarde, en el mercado, un alarmista –que nunca faltan–, levantó el celular y gritó «¡Es pandemia!, ¡es pandemia!».

De regreso al departamento, nos enteramos de las medidas y del cierre de aeropuertos en Argentina previsto para el lunes 16. Imposible comunicarse con Iberia por teléfono, ni otro medio. La única oficina de Iberia estaba en el Aeropuerto. Viernes 13, nos lleva casi una hora encontrar la estación de buses que iba al aeropuerto. Viajamos en uno lleno de turistas franceses que adelantaron el regreso.

En la oficina de Iberia las opciones eran dos: domingo 15 vuelo de Madrid a Barcelona y conexión a Buenos Aires o el lunes directo Madrid Buenos Aires. Optamos por el domingo 15; volvimos a la ciudad, compramos pasajes de tren para Madrid y reservamos un taxi que nos pasara a buscar. Sábado 14 última recorrida por el casco histórico, algunos restaurants abiertos, en la gran mayoría; los empleados se repartían bolsas con comida, peces, carnes, quesos, panes, frutas, bajaban las persianas, se despedían y retiraban cabizbajos.

El taxi pasó puntual, otro tanto con el tren a Madrid. En el aeropuerto empezó lo que, en este momento de escritura me evoca al consejo de Horacio Quiroga: “No escribas al imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego” y se me hace cuesta arriba continuar.

Hicimos el check-in, pasamos por el control de equipaje esperamos. El vuelo a Barcelona de las 21,30 desapareció de las pantallas de anuncios para luego aparecer “Demorado”. Cada pantalla mostraba un mensaje diferente, cada mesa de control de Iberia daba información diferente.

Babel de extranjeros, hispanohablantes buscando vuelos, europeos, norteamericanos por conexiones a Inglaterra, único país del cual les estaba permitido regresar. Las coordenadas e información se pusieron de acuerdo; nuestro vuelo será a las 23,35, dos horas de demora, tiempo más que justo para llegar a Barcelona.

El azar nos junta con 10 argentinos en la puerta de embarque. Llegó nuestro avión; salen los pasajeros y esperamos, aparece un francés desesperado, y sin aliento: había olvidado la mochila con el pasaporte, el encargado de embarcarnos lo tranquiliza y le pide la ubicación de la mochila, desaparece por la puerta del embarque, regresa le pide al francés detalles de la mochila y contenido, nombre y apellido. Se la entrega, «esto que acabo de hacer está totalmente prohibido, ¡te olvidas ya! y lo mismo vale para vosotros».

En la angustia, recuerdo las caídas de San Juan de Acre y, setecientos años después, Saigón; en la primera fue la carrera por encontrar sitio en veleros, en la segunda en helicópteros, el mismo pánico. Embarcamos. Antes del despegue, el comandante nos dice que nuestro vuelo de conexión también está demorado, no obstante, volará a velocidad máxima y calcula reducir el tiempo de vuelo en 20 minutos ꟷsoy fanático de la puntualidad, fueron 26 minutos menosꟷ.

Al momento del carreteo, la llovizna se transformó en aguacero, luego de despegar, tomando altura, sentimos una fuerte explosión y una llamarada roja en la punta de un ala, el avión se estremeció. La voz del comisario de a bordo «tranquilos, fue sólo un rayo».

En Barcelona, corrimos por interminables pasillos, en inmigraciones los guardas sellaron los pasaportes tras darnos una breve ojeada «tranquilos estáis a tiempo».

El avión era diferente al que habíamos marcado el vuelo, mi asiento debió ser el peor de todo el pasaje. La cena fue magra pero deliciosa, lo mismo con los otros dos refrigerios.

En Ezeiza, presentamos los formularios, el personal de Iberia nos cita a los pasajeros que embarcamos con la conexión de Madrid; nuestros equipajes salieron en otro vuelo que llegará de Santiago de Chile el martes y nos será entregado en nuestro domicilio el martes.

Dos horas después estábamos en casa dispuestos a empezar la cuarentena. llamamos a una vecina para que nos haga hiciera algunas compras de alimentos.

Entre el miércoles 18 y jueves 19 tuvimos cuatro visitas, dos de la policía de la ciudad ꟷla segunda con corte de calle incluidoꟷ, una de la policía federal y una de bomberos con trajes tipo “catástrofe Chernobil”. Todos hacían las mismas preguntas, lugar de estadía en España, si habíamos firmado la declaración jurada cuando desembarcamos y violado la cuarentena. Algún vecino denunció nuestro regreso y “que deambulábamos por el edificio”. Toda la contención que tuvimos en Madrid, los dos vuelos de regreso y en Ezeiza se estrelló contra una denuncia anónima. «¿Ustedes tienen alguna animadversión con algún vecino?», preguntó el comisario, que se identificó en la segunda visita. El verdadero nostos estaba en casa, “el infierno son los otros”, dijo Sartre.

 





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El conventillo 3
El conventillo 3

El conventillo 3

 

Por si algún lector se entusiasmó con el fragmento del primer capítulo publicado en El conventillo 2, les adjunto la continuación.

 

 

            Justamente por aquella época, se vendió también una casa de altos, que quedaba a la derecha de la venta, separada de éstas por apenas veinte brazas; y de suerte que todo el flanco izquierdo del predio, unos veintitantos metros, abría sobre el terreno del ventero sus nueve ventanas de antepecho. La compró un tal Miranda, comerciante portugués, establecido en la Rua do Hospicio, con un negocio de venta telas al por mayor. Después de una limpieza general del caserón, se mudaría allí con la familia, pues su mujer, Dona Estela, señora pretenciosa y con humos de nobleza, ya no soportaba vivir en el centro de la ciudad, como tampoco su hija, Zulmirinha, que crecía muy pálida y precisaba de espacio para fortalecerse y desarrollarse.

            Esto fue lo que le dijo Miranda a sus colegas, sin embargo, la verdadera causa de la mudanza estaba en la necesidad que él sentía de alejar a Dona Estela del alcance de sus empleados. Dona[1] Estela era una mujercita que se las traía; hacía trece años que se había casado y durante ese tiempo le había dado al marido toda clase de disgustos. Antes de terminar el segundo año de matrimonio, Miranda la sorprendió en flagrante delito de adulterio, se puso furioso y su primer impulso fue mandarla al diablo junto con su amante; pero su negocio tenía como garantía la dote que ella había aportado, unos ochenta contos en propiedades y acciones de la deuda pública, que el desgraciado usaba tanto como se lo permitía el régimen dotal. Además, una rotura brusca sería motivo de escándalo y, de acuerdo a su opinión, cualquier escándalo doméstico sentaba muy mal a un comerciante de cierta categoría. Por encima de todo, apreciaba su posición social y temblaba ante la sola idea de encontrarse nuevamente pobre, sin recursos y sin coraje para rehacer su vida, después de haberse habituado a tantas regalías y a su renombre de portugués rico, que ya no tiene patria en Europa.

            Acobardado frente a estos razonamientos, se contentó con una simple separación de lechos, y los dos pasaron a vivir en cuartos separados. No comían juntos y apenas si cambiaban entre sí alguna que otra palabra obligada, cuando cualquier circunstancia inesperada los reunía a disgusto.

            Se odiaban. Cada uno sentía por el otro un profundo desprecio, que poco a poco se fue transformando en la más completa repugnancia. El nacimiento de Zulmira vino a agravar más la situación; la pobre criatura, en vez de servir de unión a los dos infelices, fue un nuevo obstáculo que se estableció entre ellos. Estela la amaba menos de lo que le pedía el instinto materno y por suponerla hija del marido, y él la detestaba porque tenía la convicción de que no era su padre.

            Sin embargo, una bella noche, Miranda, que era hombre de sangre ardiente y rondaba por los treinta y cinco años, se sintió en un insuperable estado de lubricidad. Ya era tarde y no había en la casa ninguna criada que le pudiese servir. Se acordó de su mujer, pero luego rechazó esta idea con arrogancia escrupulosa. Continuaba odiándola. Sin embargo, ese mismo hecho de la obligación, en la que él se había colocado, de no servirse de ella, la responsabilidad de despreciarla le exacerbaba más el deseo de la carne, haciendo de la esposa infiel un fruto prohibido. Finalmente, cosa singular, puesto que en nada disminuía su repugnancia por la perjura, fue hasta el cuarto de ella.

            La mujer dormía a pierna suelta. Miranda entró en puntas de pie y se aproximó hasta la cama. “¡Debería volverme!... ”, pensó. “Esto no está bien…” Pero su sangre latía reclamándola. Todavía dudó un instante, mientras, inmóvil, la contemplaba a su antojo.

            Estela, como si la mirada de su marido le palpase el cuerpo, giró sobre su cadera izquierda empujando la sábana hacia adelante con los muslos y descubriendo una porción de desnudez blanca y blanda. Miranda no pudo resistirse, se arrojó sobre ella que, con un ligero sobresalto, más de sorpresa que de rebelión, se desvió, volviendo luego a encararse con el marido. Y se dejó aferrar con violencia por los riñones, con los ojos cerrados, fingiendo que continuaba dormida, sin la menor conciencia de lo que estaba pasando.

            ¡Ah! Ella estaba segura de que su esposo, ya que no había tenido el coraje de echarla de la casa, debería, más tarde o más temprano, buscarla de nuevo. Le conocía el temperamento: fuerte para desear y débil para resistir el deseo.

            Consumado el delito, el honrado comerciante se sintió paralizado por la vergüenza y el arrepentimiento, no tuvo ánimo para pronunciar una palabra, y se retiró, triste y marchito para su cuarto de divorciado.

            ¡Oh! ¡Cómo le dolía ahora lo que acababa de hacer en la ceguera de su sensualidad!

            —¡Qué locura!...  ─decía agitado─. Que tremenda locura.

            Al día siguiente los dos se vieron y se evitaron en silencio, como si nada extraordinario hubiese pasado entre ellos en la víspera. Hasta se diría que, de después de aquel suceso, Miranda sentía crecer el odio hacia su esposa. Y la noche de ese mismo día, cuando se encontró solo en su inmensa cama, juró mil veces con resolución, nunca más, nunca más, cometer semejante locura.

            Pero un mes después, el pobre hombre, acometido de un nuevo acceso de lujuria, volvió al cuarto de su mujer.

            Estela lo recibió esta vez como la primera, fingiendo que no despertaba; no obstante, en el momento en que la poseía febrilmente, la desenfrenada le soltó en el rostro una carcajada apenas reprimida. El pobre diablo se desconcertó, se irguió brusco, como un sonámbulo atolondrado por el violento despertar.

 

 

(Continuará)

 



[1] Doña en un vocativo casi honorífico como milady en inglés o madame en francés.

 





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El conventillo 2
El conventillo 2

Por si algún lector se entusiasmó con el fragmento del primer capítulo publicado en El conventillo 1, les adjunto la continuación.

 

 

            A partir de entonces, João Romão se convirtió en el cajero, el apoderado y el consejero de la crioula. Al cabo de poco tiempo, era él quien tomaba cuenta de todo lo que ella producía, y era también él quien hacía y deshacía con sus peculios, y el que se encargaba de enviar al amo los veinte mil réis mensuales. Luego le abrió una cuenta corriente, y la quitandeira, cuando necesitaba dinero para cualquier cosa, daba un salto hasta la venta y lo recibía de manos del ventero, de “Seu[1] João”, como ella le decía. Seu João le debitaba metódicamente esas pequeñas sumas en un cuadernito, en cuya tapa se leía, mal escrito y con letras recortadas de un diario: “Atibo y pasibo de Bertoleza.

            Y tal forma se fue ganando el tabernero la confianza en el espíritu de la mujer, que ésta terminó por no resolver nada por determinación propia, y aceptaba de él, ciegamente, toda y cualquier decisión. Finalmente, si alguien precisaba tratar con ella cualquier problema, ni se tomaba el trabajo de buscarla, sino que iba directamente a tratar con João Romão.

            Cuando se dieron cuenta, ya estaban amancebados.

            El le propuso vivir juntos y ella lo aceptó con los brazos abiertos, feliz de juntarse de nuevo con un portugués, porque, como toda cafuza[2], Bertoleza no quería juntarse con negros y procuraba, instintivamente, al hombre de una raza superior a la suya.

            Entonces, João Romão compró, con los ahorros de la amiga, algunos palmos de terreno del lado izquierdo de la venta y levantó una casita con dos puertas, dividida al medio, en forma paralela a la calle, la parte del frente destinada a la quitanda y la del fondo para un dormitorio, que se amobló con los cachivaches de Bertoleza. Había, además de la cama, una cómoda muy vieja de jacarandá con manijas de metal amarillo, ya oxidadas, un retablo lleno de santos y forrado de papel coloreado, un baúl grande de cuero crudo tachonado, dos banquitos de madera hechos de una sola pieza y un formidable perchero de pared, con su correspondiente cortina de retazos de percal.

            El ventero nunca había tenido tantos muebles.

            —Ahora ─le dijo a la crioula─ las cosas van a mejorar para ti. Vas a quedar libre, yo pondré lo que falta.

            En ese día salió mucho a la calle y, una semana después, apareció con una hoja de papel escrita, que leyó en voz alta a la compañera.

            —Ahora no tienes más amo ─declaró cuando terminó con la lectura, que ella escuchó con lágrimas de agradecimiento─. Ahora eres libre. De ahora en más todo lo que ganes es sólo tuyo y de tus hijos si los tuvieras. Se acabó el cautiverio de pagar veinte mil réis a ese ciego maldito.

            —¡Pobre! ¡Una se queja de llena! El, como mi amo, exigía su jornal, exigía lo que era suyo.

            —Suyo o no, se acabó. ¡Y vida nueva!

            Contra toda costumbre, ese día se destapó una botella de vino de Porto, y los dos bebieron para festejar el gran acontecimiento. Mientras tanto, la tal carta de libertad era obra del mismo João Romão y ni siquiera la estampilla, que él supuso debía aplicarse para dar mayor formalidad a la burla, significaba gasto ya que se aprovechó de un sello usado. El amo de Bertoleza ni siquiera tuvo conocimiento del hecho; lo que le constó fue que su esclava había huido para Bahía después de la muerte del amigo.

            —El ciego, que venga a buscarla si es capaz -desafiaba el ventero para sí-. ¡Que se atreva a venir y verá cuantos pares son tres botas!

            No obstante, sólo se quedó tranquilo tres meses después, cuando le constó que el viejo estaba muerto. Como es natural, la esclava pasó en herencia a alguno de los hijos del muerto, pero, de éstos nada había que temer, dos parranderos de marca mayor que, asegurada la legítima herencia, se ocuparon de cualquier cosa, menos de lanzarse tras la pista de una crioula que no veían hacía años. “¡Basta! ¡Es suficiente, no fue poco lo que le habían chupado durante tanto tiempo!”

            Bertoleza desempeñaba ahora, al lado de João Romão, el triple papel de cajero, criada y amante. Trabajaba sin descanso, pero con la cara alegre; a las cuatro de la madrugada ya estaba en la fajina de todos los días, preparando el café para los clientes y después preparando el almuerzo para los trabajadores de la cantera que había detrás de un gran pajonal en los fondos de la venta. Barría la casa, cocinaba, atendía el mostrador de la taberna cuando su amigo estaba ocupado afuera; atendía su quitanda durante el día, en el intervalo de otros trabajos, y de noche se la pasaba en la puerta de la venta y, delante de un brasero de barro, freía hígado y sardinas, que Romão iba a comprar por la mañana, en mangas de camisa, en zuecos y sin medias, a la praia do Peixe. Y aquella endiablada mujer todavía se hacía tiempo para lavar y arreglar, aparte de su ropa, la ropa de su hombre, que no era tanta y nunca pasaba, en todo el mes, de algunos pares de pantalones de zuarte[3] y otras tantas camisas de riscadillo.

            João Romão no salía nunca de paseo, ni siquiera iba a misa los domingos; todo lo que ganaba en la venta y en la quitanda iba a dar a la libreta de ahorro y de allí al banco. De tal manera que, un año después de la compra de la crioula, saliendo en subasta pública algunas brazas[4] de tierra situadas al fondo de la taberna, las compró inmediatamente y empezó, sin pérdida de tiempo, a construir tres casuchas con puertas y ventanas.

            ¡Que milagros de habilidad y de economía no dejó de realizar en esa construcción! Hacía de albañil, amasaba y cargaba el barro, picaba piedras; piedras que el pícaro, junto con la amiga, robaba de la cantera de los fondos, de la misma manera que sustraían el material de las casas en construcción que había por las cercanías.

            Estos robos fueron hechos con todas las cautelas y siempre coronados del mayor éxito, gracias a que, por aquel tiempo, la policía no se dejaba ver mucho por aquellas alturas. João Romão observaba, durante el día, las obras en las que quedaba material para el día siguiente, y a la noche allá estaba él, puntual, con Bertoleza, para llevar hasta el medio de la calle tablas, ladrillos, tejas y bolsas de cal, con tanta habilidad que no se oía vislumbre de rumor. Después, uno tomaba una carga y partía para la casa mientras el otro se quedaba al acecho junto al resto, pronto para dar una alarma en caso de peligro; y, cuando el que se había ido volvía, seguía entonces el compañero, con su correspondiente carga.

            Nada se les escapaba, ni siquiera las escalas de albañiles, los caballetes, los bancos y las herramientas de los carpinteros.

            El hecho es que las tres casitas, tan ingeniosamente construidas, fueron el punto de partida del gran conventillo de São Romão.

            Hoy cuatro brazas de tierra, mañana seis, después otras más, así iba el ventero conquistando el terreno que se extendía por los fondos de su bodega y, en la misma proporción que los conquistaba, se reproducían los cuartos y el número de los moradores.

            Siempre en mangas de camisa, sin domingo ni día santo, no perdiendo nunca la ocasión de apropiarse de lo ajeno, dejando de pagar todas las veces que podía y nunca dejando de cobrar, engañando a los clientes, robando en los pesos y en las medidas, comprando por pocos réis lo que los esclavos robaban en casa de sus señores, reduciendo cada vez más los propios gastos, apilando privaciones sobre privaciones, trabajando con la amiga como una yunta de bueyes, João Romão terminó por comprar una buena parte de la bella cantera, que él, todos los días al caer la tarde, deteniéndose por algunos instantes en la puerta de su venta, contemplaba, de lejos, con un resignado mirar de codicia.

            Puso allí seis hombres para extraer la piedra y otros seis para hacer lajas y adoquines, y entonces empezó a ganar en grande, tan en grande que al año y medio ya había comprado en remate todo el espacio comprendido entre sus casitas y la pedrera, esto es, unas ochenta brazas de fondo sobre veinte de frente en un terreno plano, seco e ideal para la construcción.

 

(Continuará)

 



[1] Apócope de senhor, señor, también el pronombre su.

[2] Cafuzo, a: Mestizo de indio y negro, por extensión cualquier mestizo de piel muy oscura.

 

[3] Dril muy tosco de color azul o rojo.

[4] Medida de longitud equivalente a dos varas, 1,67 m.

 





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