Los nostoi del coronavirus

La Odisea cuenta los diez años que, terminada la guerra de Troya, demandó el viaje, o nostos, el regreso de Ulises a Itaca. De esa palabra deriva el término nostalgia, y su plural es nostoi. Además, nostoi es un género literario que narra el regreso a la patria en condiciones azarosas. Previo al viaje de Ulises hubo otro nostos famoso, Argonáuticas: el viaje de Jasón y los Argonautas; escrito cinco siglos después de Odisea. Misterios desconcertantes de la cronología griega, porque, en el canto VII de La Ilíada, aparece el hijo de Jasón e Hipsípila, el jasónida Eumeo, quien viene con un cargamento de vino para venderle a los griegos que están sitiando Troya.

Otro nostos famoso, y verídico, ocurrió un siglo después de Argonáuticas, fue Anábasis ꟷconocida como La expedición de los diez milꟷ del polígrafo Jenofonte ꟷfue discípulo de Sócratesꟷ. Narra las peripecias de 10.000, mercenarios griegos que emprendieron una retirada de 1500 kilómetros a través de las montañas de Armenia en busca del Mar Negro. Jenofonte registra el momento más emocionante cuando escucha, desde una colina, los gritos de los exploradores que había envidado: “¡El mar! ¡El mar!” (¡Thalassa! ¡Thalassa!): en Trebisonda, en las costas del Mar Negro, el regreso a casa estaba asegurado. Veinticuatro siglos después de Anábasis, millones de voces también gritarían, ya que no ¡Thalasa!, ¡Aeropuerto!; los nostoi del coronavirus.

El domingo 8 de marzo, salimos para el que ꟷeso creímosꟷ iba a ser nuestro viaje más organizado en años. Buenos Aires Madrid, Atocha y directo a Sevilla.

El 14 iríamos a Córdoba y el 18 estaríamos en Madrid. Beatriz tenía tres días de un encuentro en la Complutense; el resto cuidadosamente pautado: museos, galerías de arte, renovar el carnet de lectores en la Biblioteca Nacional de Madrid, librerías.

Cuando desembarcamos en el aeropuerto Adolfo Suarez empezaron los imprevistos y, aunque no lo sabíamos, nuestro nostos. Domingo 8 en Atocha, primer inconveniente, una huelga de trenes demoró cinco horas la partida, llevó más tiempo llegar de Madrid a Sevilla que el vuelo desde Buenos Aires. El lunes confirmamos nuestras reservas de alojamiento en Córdoba, para el día 14 y Madrid, del 19 al 30.

El martes por la mañana confirman a Beatriz, por e-mail, el encuentro en la Complutense se hacía; luego, a las 20, se habían cancelado las clases y cerrado la universidad y colegios. El resto del viaje continuaba, tambaleante pero firme.

En los dos días siguientes, alcanzamos a recorrer la ciudad, visitar el Alcázar y, el jueves 12, los pabellones de la Exposición Internacional de 1929 y el museo de Culturas Populares, Por la tarde, en el mercado, un alarmista –que nunca faltan–, levantó el celular y gritó «¡Es pandemia!, ¡es pandemia!».

De regreso al departamento, nos enteramos de las medidas y del cierre de aeropuertos en Argentina previsto para el lunes 16. Imposible comunicarse con Iberia por teléfono, ni otro medio. La única oficina de Iberia estaba en el Aeropuerto. Viernes 13, nos lleva casi una hora encontrar la estación de buses que iba al aeropuerto. Viajamos en uno lleno de turistas franceses que adelantaron el regreso.

En la oficina de Iberia las opciones eran dos: domingo 15 vuelo de Madrid a Barcelona y conexión a Buenos Aires o el lunes directo Madrid Buenos Aires. Optamos por el domingo 15; volvimos a la ciudad, compramos pasajes de tren para Madrid y reservamos un taxi que nos pasara a buscar. Sábado 14 última recorrida por el casco histórico, algunos restaurants abiertos, en la gran mayoría; los empleados se repartían bolsas con comida, peces, carnes, quesos, panes, frutas, bajaban las persianas, se despedían y retiraban cabizbajos.

El taxi pasó puntual, otro tanto con el tren a Madrid. En el aeropuerto empezó lo que, en este momento de escritura me evoca al consejo de Horacio Quiroga: “No escribas al imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego” y se me hace cuesta arriba continuar.

Hicimos el check-in, pasamos por el control de equipaje esperamos. El vuelo a Barcelona de las 21,30 desapareció de las pantallas de anuncios para luego aparecer “Demorado”. Cada pantalla mostraba un mensaje diferente, cada mesa de control de Iberia daba información diferente.

Babel de extranjeros, hispanohablantes buscando vuelos, europeos, norteamericanos por conexiones a Inglaterra, único país del cual les estaba permitido regresar. Las coordenadas e información se pusieron de acuerdo; nuestro vuelo será a las 23,35, dos horas de demora, tiempo más que justo para llegar a Barcelona.

El azar nos junta con 10 argentinos en la puerta de embarque. Llegó nuestro avión; salen los pasajeros y esperamos, aparece un francés desesperado, y sin aliento: había olvidado la mochila con el pasaporte, el encargado de embarcarnos lo tranquiliza y le pide la ubicación de la mochila, desaparece por la puerta del embarque, regresa le pide al francés detalles de la mochila y contenido, nombre y apellido. Se la entrega, «esto que acabo de hacer está totalmente prohibido, ¡te olvidas ya! y lo mismo vale para vosotros».

En la angustia, recuerdo las caídas de San Juan de Acre y, setecientos años después, Saigón; en la primera fue la carrera por encontrar sitio en veleros, en la segunda en helicópteros, el mismo pánico. Embarcamos. Antes del despegue, el comandante nos dice que nuestro vuelo de conexión también está demorado, no obstante, volará a velocidad máxima y calcula reducir el tiempo de vuelo en 20 minutos ꟷsoy fanático de la puntualidad, fueron 26 minutos menosꟷ.

Al momento del carreteo, la llovizna se transformó en aguacero, luego de despegar, tomando altura, sentimos una fuerte explosión y una llamarada roja en la punta de un ala, el avión se estremeció. La voz del comisario de a bordo «tranquilos, fue sólo un rayo».

En Barcelona, corrimos por interminables pasillos, en inmigraciones los guardas sellaron los pasaportes tras darnos una breve ojeada «tranquilos estáis a tiempo».

El avión era diferente al que habíamos marcado el vuelo, mi asiento debió ser el peor de todo el pasaje. La cena fue magra pero deliciosa, lo mismo con los otros dos refrigerios.

En Ezeiza, presentamos los formularios, el personal de Iberia nos cita a los pasajeros que embarcamos con la conexión de Madrid; nuestros equipajes salieron en otro vuelo que llegará de Santiago de Chile el martes y nos será entregado en nuestro domicilio el martes.

Dos horas después estábamos en casa dispuestos a empezar la cuarentena. llamamos a una vecina para que nos haga hiciera algunas compras de alimentos.

Entre el miércoles 18 y jueves 19 tuvimos cuatro visitas, dos de la policía de la ciudad ꟷla segunda con corte de calle incluidoꟷ, una de la policía federal y una de bomberos con trajes tipo “catástrofe Chernobil”. Todos hacían las mismas preguntas, lugar de estadía en España, si habíamos firmado la declaración jurada cuando desembarcamos y violado la cuarentena. Algún vecino denunció nuestro regreso y “que deambulábamos por el edificio”. Toda la contención que tuvimos en Madrid, los dos vuelos de regreso y en Ezeiza se estrelló contra una denuncia anónima. «¿Ustedes tienen alguna animadversión con algún vecino?», preguntó el comisario, que se identificó en la segunda visita. El verdadero nostos estaba en casa, “el infierno son los otros”, dijo Sartre.

 





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