Hipocondría y humor negro

Desde niño soy hipocondríaco, como una inconsciente manera de conjurarlo, de joven practiqué dos deportes de riesgo: paracaidismo ─con el plus de hacer saltos publicitarios para una gaseosa, dos sobre agua y varios nocturnos─ y escalada en roca, que ahora se llama free climbing. Agrego que, desde que aprendí a leer, me hice adicto a los diccionarios ─en la primaria intenté leer el Pequeño Larousse ilustrado completo, en la secundaria pasaba mis horas de cimarra en la provincia la llamábamos “sincola”, leyendo algún tomo de la Enciclopedia Espasa Calpe en la biblioteca pública y en la actualidad tengo medio centenar de diccionarios en papel─. Escribo estas líneas y veo que, por un lado buscaba una manera deportiva de amasijarme, y por el otro rastreaba todo tipo de enfermedad que pudiera tener, preocupándome de antemano por las que no tenía pero podría llegar a contraer.

En esta última búsqueda de enfermedades imaginadas me identifiqué con el narrador de Tres hombres en una barca quien, a raíz de una charla sobre temas de salud, investigó y descubrió que tenía una multitud de enfermedades, acudió a un médico amigo y éste, luego de examinarlo, le prescribió la medicación adecuada para tranquilizarlo. Además, en los años de derivas enciclopédicas en horas de sincola me aficioné a relatos de humor negro: Jonathan Swift, Ambroice Bierce, Mark Twain, algunos pasajes de Borges; y, en televisión y cine: Los locos Adams y el insuperable Doctor Strangelove, interpretado por Peter Sellers.

En virtud de inspirarse en motivaciones graciosas de circunstancias que no lo son, actualmente el humor negro está asediado por las huestes de lo “políticamente correcto”, que incluyen reivindicaciones de todo tipo de minorías y colectivos de raza y género. Hoy en día no están bien vistas bromas que involucren negros, extranjeros, putos, jorobados, tartamudos, gangosos, tortilleras, sordos o inválidos. Y quedaría excluida aquella reflexión de Groucho y yo, más o menos: “Para cualquier cómico aficionado le parece una escena muy graciosa en una película, disfrazar a un doble de riesgo de viejita inválida, subirlo a una silla de ruedas y hacerlo rodar barranca abajo hacia un acantilado; pero el cómico profesional sabe que la viejita inválida debe ser auténtica”.Actualmente, hacer bromas con pedófilos, cuando la Santa Madre Iglesia hace un acto de contrición, luego de siglos de ejercerla como derecho de pernada y un par de décadas tratando de obstaculizar las investigaciones que involucran a testas mitradas de su alta jerarquía, serían inadmisibles aquellas estrofas del poema de Quevedo “A un bujarrón”: “…De Herodes fue enemigo y de sus gentes / no porque degolló inocentes; / más porque siendo niños y tan bellos, / los mandó degollar y no jodellos…”

De mis años de exilio en Río de Janeiro ─ciudad de cultores del humor negro─ recuerdo que a las personas que viajaban hacinadas en los techos de los trenes eléctricos, se les llamaban “surfistas”. Y esto en virtud de los movimientos que hacían para esquivar cables de alta tensión que atravesaban las vías, muy parecidos a los realizados por happy few que, en horarios de trabajo, “curtían ondas” sobre sus surfing boards en las playas de Ipanema. La moraleja de esta chirigota la da un proverbio brasileño “quem não tem cão, caça com gato”(el que no tiene perro caza con gato); porque las dos actividades: esquivar cables de pie sobre un vagón de ferrocarril a toda velocidad o deslizarse sobre las crestas de las olas en una tabla, requieren de la misma destreza física y sentido del equilibrio; cada cual surfea como puede.

El problema surge en cómo percibe el humor negro la persona involucrada en el chiste, y no como intérprete autorreferenciado en una stand up comedy. Ser blanco de este tipo de bromas nos coloca en el rol ─y la decisión─del protagonista del proverbio Creole de Louisiana: “Mo va pas prêté vous bâton pou cassé mo la tête” (“No te voy a prestar un garrote para que me rompas la cabeza”). Fue lo que viví en mi última visita al cardiólogo cuando le llevé los resultados de una batería de análisis ─en enero del año pasado tuvimos una forma leve de COVID, la secuela fue transformarnos en sus pacientes─; es un profesional joven de primer nivel y con sentido del humor que bordea lo macabro ─a Beatriz, que le preguntó hasta cuando debía tomar una medicación, le respondió “hasta que se muera”─. Conmigo se detuvo en el Electro Doppler, luego de estudiarlo y medir las sinusoides arrancó con un: “es muy raro, ¿puedo fotografiarlo”?; ¿es grave?; no, es para consultar con un colega”, ¿ha tenido mareos o desmayos?; para nada; si llega a tener mareos o se desmaya venga de inmediato a la guardia”. Me hizo un electro y le pregunté si podía continuar con mi rutina de gimnasia y ejercicios aeróbicos, “puede hacer la actividad que quiera, pero si tiene mareos o se desmaya venga de inmediato a la guardia, ¿es claustrofóbico?; no, ¿por?; vamos a tener que hacer una tomografía”. Salí del consultorio con órdenes para otros estudios y ergometrías, la visita pendiente con un especialista en arritmias, consciente de que, en mi pecho, en el costado izquierdo, hay una disrupción o arritmia que, como Alien, está al acecho para asomar la cabeza. Lo de Alien es producto de mi imaginación hipocondríaca; de regreso a casa martilleó la advertencia sólo que con otras palabras: “cuando tenga mareos o se desmaye, venga de inmediato a la guardia”.

Caminé las veinte cuadras de regreso a casa para aprovechar la hermosa tarde y aventar mi hipocondría; y me acudió aquel breve discurso, pieza antológica de humor negro que, en los años de secundaria, me contó, desternillándose de risa, un español republicado exilado. La historia, verídica según verifiqué tiempo después, refería al escritor y dramaturgo Pedro Muñoz Seca, de ideas monárquicas y católicas; por ellas fue ejecutado por los republicanos. Sus últimas palabras frente al pelotón de fusilamiento fueron registradas por sus asesinos: “Podéis quitarme mi hacienda, mi fortuna e incluso, como estáis al hacer, mi vida; pero hay algo que no podéis quitarme: el miedo que tengo”.

Cuando el protagonista de Tres hombres en un bote llega a la farmacia con su receta, el boticario le dice que se equivocó de lugar, y le tiende la prescripción: “Un bistec de una libra y una pinta de cerveza cada seis horas. Un paseo de diez millas cada mañana. Acostarse antes de medianoche. No llenarse la cabeza con cosas que no se entienden”.

Concluí que, por la noche, me haría un dry martini doble. Seguro que a mi Alien le gustaría la tregua.

 





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