Nocturnalia

Nocturnalia

 

Cimeria era una región mítica de la que Ulises cuenta en el Canto XI de Odisea: “la ciudad de los Cimerios, cubierta por la oscuridad y la niebla, sin que jamás el sol resplandeciente los ilumine con sus rayos, ni cuando sube al cielo estrellado, ni cuando vuelve del cielo a la tierra, pues una noche perniciosa se extiende sobre los míseros mortales”; por su parte, Herodoto registró su ubicación en los confines del Mar Negro. Ya Ovidio en Metamorfosis precisó que en Cimeria tiene su palacio el Dios del Sueño, allí todo es oscuridad y silencio. El Dios del Sueño tiene varios hijos, de ellos se destacan: Morfeo, artífice imitador de la figura humana, remeda el timbre de la voz, la manera de andar, vestidos y palabras más usuales; Icelón ─o Fobeto─, quien se convierte en reptil, fiera, insecto, pez o ave; y Fántaso, que tiene artimañas diferentes, asume la forma de tierra, roca, agua, madera, fuego y todo lo que carece de aliento vital.

Un día, Juno encomendó a Iris, mensajera de los dioses, anunciada por la estela de siete colores que deja a su paso, a pedirle a este Dios que enviara a una viuda, mediante un sueño, la noticia de que su marido había muerto ahogado en un naufragio; el cadáver había retornado hasta el muelle desde donde zarpó y allí yacía insepulto.

Ni bien llegó al palacio, Iris fue apartando los sueños con los resplandores de su vestido, sutiles cortinas que le cerraban el paso. Cuando llegó al lecho del Dios, este sacudió su letargo, recibió el encargo y se volvió a adormecer. Iris, que no podía resistir su creciente sopor, huyó seguida de su arco de siete colores. Como los sueños nunca son literales, me pregunto cómo el Dios habrá transmitido el mensaje.

Como le sucede a todo el mundo, mis impredecibles sueños, o viajes nocturnos al reino de Cimeria, están influenciados por vivencias cotidianas que Freud llamó “restos diurnos”. Aunque mis restos diurnos, están marcados por lecturas, muchas veces noticias de diarios o televisión matizadas con pasajes de libros, que estoy leyendo o recuerdo.

Las últimas noticias que estuvieron merodeando a mi alrededor, tuvieron que ver con la purga ocurrida en China, con resabios de las de Stalin. Solo que esta purga se la pudo ver, en simultáneo y por televisión, el sábado 22 de octubre en el XX Congreso del Partido Comunista ─que elevó al actual líder, Xi Jinping, a una cota de poder solo alcanzada por Mao Zedong—. Asistimos a cómo, antes de las votaciones, el ex presidente chino, Hu Jintao, fue forzado a levantarse por dos custodios de civil, algo que con certeza éste no previó ni en sus peores pesadillas. Ninguno de los compañeros de mesa desvió la mirada; geometría fúnebre presidida por la cara inexpresiva e impávida y la mirada distante de Xi Jinping ─resabio de las purgas de Stalin, en vivo y en directo, que no pude menos que relacionar con otra mirada, tan inquietante en impasibilidad, la cara fría de verdugo de Vladímir Putin─. Si al ex presidente se lo borra de esa manera, ¿qué destino pueden esperar los desconocidos ─y sospechados─ integrantes de su entorno?

Restos diurnos que afloraron en el viaje a Cimeria de mi sueño de anoche, donde Morfeo, Fobeto y Fántaso incursionaron; en él un ejército de infantes y caballeros, como los guerreros de terracota que custodian la tumba de un distante emperador, avanzaba precedido de gigantes de terracota que daban saltos como ranas ─conocido como salto en largo sin impulso─ y movimientos de gimnasia artística. Ninguna referencia a sus rasgos y nacionalidad, pero en mi sueño supe que eran chinos. Y, al momento en que escribo estas líneas, veo que también influyó en mi sueño, un documental sobre parkour, que vi por televisión, donde un grupo de jóvenes sorteaban todo tipo de obstáculos corriendo por calles, y techos.

Al despertar, recordé vagamente lo vivido en el viaje a Cimeria y pensé que fue una suma de distintos componentes; por un lado un conjunto de notas que conforman un acorde, seguido de arpegios, la ejecución de un acorde tocado en sucesión de sus notas por separado. Aunque las referencias de mi sueño no fueron musicales sino lecturas y noticieros, que resultaron en una parafernalia de imágenes y, ya despierto, lo que me quedó fue el difuso recuerdo de lo soñado y la palabra parafernalia; y me dediqué a buscar sobre sus múltiples significados y derivas.

La RAE, parca en la definición, aclara que parafernalia deriva del inglés paraphernalia y es el: “Conjunto de usos habituales en determinados actos o ceremonias, y de objetos que en ellos se emplean”.

El Oxford y el Merriam Webster on line fueron más locuaces, paraphernalia es el conjunto de bienes personales o equipo de una persona. Así se puede hablar de parafernalia de escalada, jardinería, carpintería o bienes transportables que alguien posee: i.e. “embaló toda su parafernalia y emprendió viaje hacia el sur”. Lo interesante es la etimología, en su origen, parafernalia era la propiedad de una mujer casada, a diferencia de la propiedad de su esposo o la dote que ella aportó al matrimonio. Parafernalia llegó al inglés, a través del latín medieval derivado del griego paraferna, la propiedad de la novia además de su dote, derivado de para (más allá) y pherne (dote). Un supérstite de este significado es para la RAE, bienes parafernales: “propios de la mujer en el matrimonio, por aportación o por adquisición posterior”. De donde la arcaica palabra ofrece connotaciones impensadas respecto a la propiedad femenina.

Pero además los dos diccionarios en inglés dan un uso adicional al sufijo alia, que sería, en plural, los utensilios o elementos relacionados con una actividad y el ejemplo que ofrece el Oxford es kitchenalia, el equipo de un chef de cocina. En mi caso, las estilográficas, lápices, gomas y marcadores que uso para escribir son mi escrituralia.

En el Jardín Botánico de Plaza Italia hay otro alia, la escultura Saturnalia, diez protagonistas borrachos: un sacerdote, patricios, patricias, un niño, un gladiador, una prostituta, un soldado y un músico que festejan las fiestas saturnales, símbolo de la decadencia de Roma.

Con el fluir de estas líneas le he dado vueltas al título, Nocturnalia: nocturno cuando, a la hora del viaje al país de Cimeria, reviven los restos diurnos en forma de conjunto ─alia─. Y concluyo que Nocturnalia son aquellas cosas que ocurren por la noche, al dormirnos tras ver una película, leer el libro, o tener una conversación. Ahora en manos de los molinos de nuestra vida, real o imaginada.

Con la onírica letra del tema musical de El affaire de Thomas Crown ─la original de 1968, no la olvidable remake de 1999─: “Round like a circle in a spiral / Like a wheel within a wheel / Never ending nor beginning / On an ever spinning reel”.

 

 

 







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