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Escritor Argentino

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Danilo Albero (Mendoza, 1947). Es licenciado en letras, narrador y librero. Ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (Beas, 1994) y Al mejor cazador (Sudamericana, 2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (Sudamericana, 1997), Jorge Newbery el señor del coraje (Sudamericana, 2003) y Variaciones Turner (Bajo la Luna, 2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (Alianza, 1993) -recopilación de  artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga- que será reeditado en versión corregida y ampliada. Ha traducido del portugués autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo (El conventillo, Simurg, 1997 y Amazon 2020), Machado de Assis (Ideas del canario y otros cuentos, Losada, 1993; Memorial de Aires, Corregidor, 2001; Don Casmurro, Amazon, 2020) y Rubem Fonseca, y del inglés a ErnestHemingway, George Orwell y Lafcadio Hearn.

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Fundación El Libro de Ensayo (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea de la Ciudad de Buenos Aires (2007).

Ha coordinado talleres literarios y dictó el seminario “Poéticas y prácticas del cuento” en la Maestría de Escrituras Creativas, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia.

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, WeekEnd y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ámbito Financiero,El Cronista, y La Jornada Cultural de México. Desde finales de 2015 al presente publica semanalmente en distintos medios virtuales notas literarias, de arte y ensayos.

Entre 1993-2000 fue miembro de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro. Donde ha dictado cursos e integrado jurados literarios.

 

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22 Notas de Joe Turner Citas y sus derivas 2
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24 Diario de marear Singladuras etílicas
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26 Gramatica Uso de los tiempos verbales 4
27 Diario de marear Esquejes y rizomas literarios
28 Gramatica Uso de los tiempos verbales 3
29 Gramatica Uso de los tiempos verbales 2
30 Diario de marear Rocco Schiavone y Borges

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Sirenas en la niebla
Sirenas en la niebla

En un volumen de las Obras selectas, busqué una referencia de Miguel Strogoff, la primera novela de Julio Verne que leí cuando tenía siete años, libro de la entrañable editorial Tor, tapa blanda ilustrado a color: un cosaco montado en un caballo blanco que está parado en las patas traseras (levade). Era una tarde de invierno y acababa de llegar del colegio, había pasado toda la jornada esperando volver a casa para abrirlo y empezar, sentado al lado del brasero, tarde de café con leche y tostadas con manteca, y jalea de naranja, y aventuras. Detrás de ese momento afloró una situación inesperada, el día anterior la maestra había interceptado una carta mía ─mejor: declaración amorosa─ a la más bella del curso; no tuve la suerte de Miguel Strogoff: el correo no llegó a destino. De todas maneras el mensaje, aún alcanzando las manos ciertas, estaba destinado al fracaso; Griselda ─ahora le veo reminiscencias Wagnerianas al nombre─ estaba perdida por su galán, un compañero de otro curso del cual recuerdo el apellido y la cara ratonil enfatizada en enormes incisivos superiores. Él era fanático de las historietas y, suprema elegancia, llevaba el cuello del guardapolvo levantado, como lo solía llevar Steve Canyon en su campera de piloto.

Muchas reminiscencias yacen bajo otras, olvidadas, hasta que, resultado de una búsqueda, cobran vida inesperadamente, de la misma manera que un técnico, al estudiar con rayos X una pintura antes de empezar limpieza y restauración, descubre lo que el artista modificó: algún mueble desplazado de lugar, una pierna que cambió de posición, un florero o un cuadro que fue eliminado. Así, algún momento de nuestra vida, cuya existencia ignorábamos, aparece como la sombra de otra evocación, y crece hasta ocupar un lugar en el presente. Escudriñar recuerdos en busca de alguna referencia pasada es como arrojar piedras en un estanque calmo; la primera provoca una serie de círculos concéntricos que se expanden de manera simétrica, otra piedra provoca un efecto semejante, pero en algún momento estas nuevas ondas chocan con las anteriores, y los efectos armónicos de las dos se dislocan en frecuencias imprevistas. De la misma manera que esas ondas que coliden, nuestras historias se modifican al traerlas al presente; a causa de algo que deseamos ver y que mañana nos será indiferente, no percibimos otras realidades, que en este momento no nos dicen nada, pero que habremos de necesitar en el futuro.

Tomé nota de mi búsqueda de las aventuras del correo secreto del Zar, regresé el volumen a su lugar y concluí que mi novela favorita de Julio Verne, la segunda suya que leí, era ─y es─ La vuelta al mundo en ochenta días; imposible despegar las facciones de Phileas Fogg del rostro de David Niven en la versión fílmica ─la de 1956 no la olvidable remake de 2004─; pero Steve McQueen, the King of Cool, no habría desentonado para nada en ese papel ─lo imagino con la seguridad y nonchalance del aristócrata bostoniano en El affaire de Thomas Crown─. Acomodado el libro, recupero, próximo a él, El Simplón le guiña el ojo al Frejus, en la primera hoja la firma de una compañera de facultad; proteica personalidad de remembranzas y libros; Vittorini cercano a Verne, permanece olvidado hasta que aflora como fotos entre las hojas u olvidadas anotaciones en los márgenes. Sabía que una de las versiones de Juan Moreira ─en otro estante─ era de esa compañera; no tengo remordimientos, ella debe tener mi primera Eneida y los fascículos de Seurat, Degas y Rousseau de la colección Maestros de la pintura, de editorial Anesa, fascículos que años después encontré en el puesto de revistas usadas en el pasaje del Obelisco, bajo la avenida Nueve de Julio.

Dejé El Simplón le guiña el ojo al Frejus y su historia en su lugar y levanté un par de títulos que me interesa releer de manera sesgada, los acomodé en una pila a la espera que les llegue el turno; otros han pasado por ese peaje en estas 120 jornadas, ya que no de Sodoma, de cuarentena. Los primeros fueron relacionados con epidemias: El Decamerón, La peste de Camus, Los novios, Diario del año de la peste. Ahora mi deriva me lleva a viajes literarios y de los otros, tampoco debo abandonar el estante de libros nuevos no leídos que, con certeza, me remitirán a los leídos.

Pienso en Penélope destejiendo de noche lo que urdió durante el día; de la misma manera, cada jornada de lecturas y escritura me hace avanzar y volver sobre mis pasos; la primera me lleva a la segunda y a transitar por estas líneas. Como la proa de la nave de Odiseo, cada página, escrita o leída es un movimiento que me acerca y me aleja; el de multiforme ingenio, en castigo a que sus marineros, abrieran el odre de los vientos, donde Eolo los había encerrado para facilitar el regreso a Ítaca; liberaron a Boreas, Noto, Euro y Céfiro que, enredados entre velas y jarcias, retrasaron diez años la vuelta a casa. Pero, de no haberlo abierto los nautas, no habrían existido el viaje y la aventura.

Así navegar por los recuerdos es hacerlo en un mar con niebla y, en la búsqueda de un dato exacto, un muelle donde atracar seguro en el pasado, la única manera de hacerlo sin chocar con otras evocaciones ─que por sus cargas y contenidos bien pueden ser embarcaciones─ requiere activar la sirena de niebla, a la escucha de otras que alerten para no colisionar como las ondas en un estanque cuando arrojamos piedras. Alguna vez, en mis años de ingeniería estudié y supe las razones por la cual las sirenas para niebla de los barcos usan frecuencias bajas, por eso tienen un sonido grave, pero grave tiene otras connotaciones y una de ellas es su presencia en nuestras evocaciones, remozadas en el presente.

Porque el tiempo nos roba todo; pero también nos deja.

 





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Calderón, Hemingway y Miranda

Calderón, Hemingway y Miranda

 

En 1885, el escritor y polígrafo Lafcadio Hearn, entonces residiendo en Nueva Orleans, publicó Gombo Zhébes, antología anotada de proverbios Creole, que incluía la versión en lengua Creole y la traducción en francés e inglés. El proverbio 79, trasciende el universo afro, francófono, católico apostólico romano (síntesis de la cultura Creole): “C’est langue crapaud qui ka trahî crapaud, que él traduce como: “Es la lengua de la rana la que traiciona a la rana”. Lafcadio Hearn explica los problemas de articulación de los nativos africanos para pronunciar la palabra acertada en francés, grenouille (rana), y su reemplazo por sapo (crapaud). Lo importante es el origen de este proverbio: la superabundancia de ranas en la cuenca del Mississippi hizo la delicia de los colonos franceses de la Louisiana, degustadores de las ancas, de allí el despectivo exónimo que acuñaron los angloparlantes para referirse a ellos: ranas (frogs). El intercambio entre amos y esclavos tuvo transculturaciones, apadrinadas por las Siete Musas, en ambas direcciones, las más importantes: musicales ─instrumentos incluidos─, religiosas, estéticas y culinarias. En la Louisiana, las descomunales ranas toro abundaban y eran fáciles de atrapar; en horas de la noche, su canto orientaba a los cazadores con lo cual pasaban del arroyo a la olla y de ambos a la paremiología Creole. Nosotros tenemos un proverbio equivalente: “El pez por la boca muere”, pero no es lo mismo, cantar es una forma de comunicarse y, muchas veces, al hacerlo, ranas y humanos se condenan. Por eso es imposible transitar por el difícil camino del saber callarse sin jalonarlo de citas y proverbios.

La historia de quedar condenado por palabras apresuradas ya aparece en la Biblia, Esaú, hambriento, no dudó en vender su primogenitura a su hermano Jacob por un guiso de lentejas; más prudente, Ulises optó por el nombre Nadie (Outis) cuando, junto con sus hombres, fue atrapado por Polifemo, pero no supo quedarse callado cuando, luego de cegar al Cíclope, al momento de huir, le gritó que le dijera a su padre, el dios Poseidón, que quien lo había cegado había sido Ulises, fanfarronada que dilató varios años su regreso a Ítaca; también escasa de prudencia estuvo María Antonieta, cuando le informaron que el pueblo se quejaba por la falta de pan, tuvo un inolvidable exabrupto: “Que coman pasteles” (Qu'ils mangent de la brioche), poco oportuna declaración que, ciertamente, se le volvería en contra. Quizás a Ulises y María Antonieta les habría venido bien aquella reflexión ─anacronismo mediante─ de Martín Fierro: “Y naides se muestre altivo / Aunque en el estribo esté / Que suele quedarse a pie / El gaucho más alvertido”.

Esta rara habilidad del ser humano de no saber callar ha resultado en advertencias, comunes a todas las culturas, sobre el arte de saber mantener la boca cerrada, desde “el hombre es amo de las palabras que calla y esclavo de las que pronuncia”, de origen árabe, al “es mejor permanecer callado y ser considerado tonto que hablar y disipar toda duda”, de Abraham Lincoln. Lo cierto es que en el reino animal, aves o ranas, el cantar, es mayoritariamente atributo de los machos, otro tanto pasa con los plumajes y colores vistosos. Pluma y canto van ligados a la ostentación, que hacen a sus poseedores presas fáciles, en la cadena trófica, de hambrientos predadores que se aproximan silentes y camuflados.

Hemingway que de fanfarronería y ostentación sabía bastante, supo sacar conclusiones de algunas de sus homéricas metidas de pata, muchas veces borracho, y sentenció al respecto: “Lleva dos años aprender a hablar y sesenta aprender a quedarse callado” (It takes two years to learn to speak and sixty to learn to keep quiet); y:"Siempre haz sobrio lo que dijiste que harías cuando estabas borracho. Eso te enseñará a mantener la boca cerrada" (Always do sober what you said you'd do drunk. That will teach you to keep your mouth shut.)

Hoy en día, el ya hipertrofiado cosmos de la comunicación y altar del egocentrismo de las redes sociales se ha visto nutrido por la pandemia de Covid 19, que nos ha hecho conscientes de la fugacidad de nuestro paso por el mundo y también de nuestra indefensión frente a un invisible enemigo. Quien más, quien menos, ante la imposibilidad de dar otro tipo de solución, se ve en la obligación de dejar algún pensamiento trascendente para el resto de la humanidad. A la hora de ser delatados por nuestra lengua, la idiotez humana trasciende orientaciones políticas y nacionalidades.

En muchas películas policiales hemos asistido a la advertencia que hace el policía al arrestar al sospechoso o al criminal atrapado in fraganti, en ella se le avisa que tiene el derecho de permanecer callado porque cualquier declaración que haga podrá ser utilizada en su contra; por lo tanto se le recomienda hablar sólo después de ejercer su derecho, como reo, de solicitar la presencia de un abogado. Este protocolo es conocido como “Advertencia Miranda” y, en el fondo sintetiza todos los proverbios que nos advierten acerca de la importancia de no hablar más allá de los límites de la cordura.

Todos en algún momento de nuestra vida hemos necesitado ─y necesitaremos─ de alguien que nos recuerde la prudente Advertencia Miranda. Que además también nos lleva a la literatura, por aquel pasaje de Calderón de la Barca de La vida es sueño: “mejor habla, señor, quien mejor calla”.

 





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Arquímedes y calados narrativos
Arquímedes y calados narrativos

Ví por televisión la reprise de un famoso programa de preguntas y respuestas, de esos con premios millonarios, comodines y posibilidades de, en cierto nivel de la competencia, duplicar la apuesta. Me encanta verlos, siempre tuve la fantasía de participar en uno porque, visto desde un sillón en casa, salgo bastante bien parado… Salvo en dos ítems donde mi ignorancia es enciclopédica: deportes en general y fútbol en particular. Venía bien con las respuestas hasta una pregunta: ¿Qué es el Disco Plimsoll?, y tres opciones para responderla, opté por un tipo de disco de una rastra de discos. Jab de derecha y knock out a mi ego, es una marca en los costados de los barcos que marca la línea de francobordo.

Y fue un knock out porque me jacto de saber bastante de barcos, hice un viaje de Buenos Aires a Bahía en la última travesía del Gulielmo Marconi, un trasatlántico du temps jadis, no las infamias contemporáneas semejantes a portadores de contenedores donde la mercadería son los turistas.

En mis años de residencia en Río de Janeiro tuve un amigo dueño de un velero, lo acompañaba a navegar, hicimos una travesía hasta Angra dos Reis, e incluso llegué a timonear; he navegado por el estrecho de Bósforo desde Estambul hasta el Mar Negro, por el Mississippi, el Danubio, crucé el estrecho de Mesina ─albergue de Escila y Caribdis que aterraron las tripulaciones de Ulises y Eneas─. Estoy seguro de que narrativa y navegación vienen de la mano; pocos lugares tan aptos como la vida a bordo para atmósferas narrativas, Jasón, Ulises, el Capitán Nemo y el Nautilus, el capitán Ahab y el Pequod, Long John Silver y la Hispaniola, El corazón de las tinieblas. Existen embarcaciones desde los tiempos más remotos y en todas las culturas y, con ellas historias y narraciones; pero nadie dio una explicación de por qué flotaban, o se hundían. Hasta Arquímedes.

La historia es simple, en el siglo III a.C. el rey Hierón de Siracusa quiso saber si la corona que había encargado a un orfebre era de oro puro y le encargó a Arquímedes que buscara un método para averiguarlo. Un día, el sabio, sin encontrar una respuesta, resolvió tomar un baño de inmersión, por primera vez se percató que el agua de la tina rebasaba cuando él se sumergía, el volumen de su cuerpo había desplazado una cantidad semejante de líquido; hizo cálculos mentales y dio con la solución. Pesó la corona y la sumergió en agua, midió el volumen líquido que rebalsaba; repitió la experiencia con la misma cantidad de oro puro, el volumen de agua desplazado era menor; el oro de la corona había sido mezclado con un metal más ligero. El rey ordenó ahorcar, o degollar, o quemar, o desollar, o empalar al orfebre. A partir de esta experiencia es que se enuncia el llamado Principio de Arquímedes: “un cuerpo total o parcialmente sumergido en un líquido experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del fluido desalojado”; si el empuje es mayor que el peso del líquido desalojado un barco flota; si es menor no. Cuando estudiaba ingeniería, y fumaba, jugábamos con este principio, el papel de aluminio que envuelve los cigarrillos flotaba si con él hacíamos un barco de papel o una pequeña batea, si lo arrugábamos en forma de un bollo, se hundía.

Pienso en la lectura de cuentos o novelas, equivale a navegar dentro del relato, entonces éste es el barco. Hay ficciones que se hunden y otras que flotan. Y esto tiene que ver con el Disco de Plimsoll.

En los cascos de los barcos hay una serie de símbolos que nos cuentan su anatomía y personalidad. A proa y a popa, una escala vertical nos señala la línea de flotación, cuando el barco está cargado o sin carga ─desde la época de los fenicios no ha variado esta señalización, para indicar si una nave está llena o vacía─. En el medio, donde el casco tiene puertas para permitir el acceso de pasajeros, hay una inscripción: “No Tug”, es un lugar débil de su estructura y un remolcador (Tug) no debe empujar allí. Cerca de la proa, una escala vertical, parte de ella sumergida debajo de la línea de flotación, con un círculo con el diámetro horizontal resaltado, con señales que indican agua dulce o salada, temperatura invernal o estival, es el ─para mi ignorado hasta que vi el programa de preguntas y respuestas─ Disco de Plimsoll, que marca la línea de francobordo, o reserva de flotación, en otras palabras, hasta donde se puede sobrecargar un barco sin temor a que, ante cualquier tormenta u oleaje fuerte, se hunda.

Si el relato es un barco, los hay que flotan y navegan bien, otros que ante el primer toque en No Tug, hacen agua, escoran y se hunden, y otros que zozobran en el medio de la lectura; en este último caso el autor no calculó las variables del Disco de Plimsoll de un lector y éste se duerme o deja de leer. La pericia, ya que no del piloto, del escritor se hace sentir en como tenga presente al Disco de Plimsoll y no pasar de la línea de calado o de francobordo. En narrativa esta diferencia aparece claramente con dos géneros: novela y cuento.

El cuento es un estilo sobrio y conciso, que requiere de la brevedad de expresión y la concisión. Ya el novelista tiene otras posibilidades de crear historias dentro de su obra, hasta el punto tal que una novela puede tener segundas partes ─Hemingway decía que la única manera de ponerle punto final a una novela era matando al autor─. Y la diferencia en el manejo virtuoso de estos límites de sobrecarga de un relato en prosa es tan riguroso que muy pocos escritores han podido superarlos sin naufragar: ni Bret Harte, ni Maupassant, ni Chejov, ni Kipling, ni Fogwill han expresado más en la media tinta de sus novelas que el aguafuerte de sus cuentos; por otra parte: ni Dostoievski, ni Conrad, Ni Tolstoi, ni Zola, han descollado en el cuento.

Hay calados y calados, al fin, los hay que se han movido con igual soltura en los dos géneros y sabido bien como singlar leyendo su Disco de Plimsoll: Machado de Assis, Hemingway, Haroldo Conti, James Joyce, Julian Barnes. De cualquier manera, tratándose de singladuras y escrituras, bien vale la reflexión de la jerónima que, desde el encierro de su claustro navegó por el universo literario y filosófico de su época: “Si los riesgos del mar considerara / ninguno se embarcara, si antes viera / bien su peligro, nadie se atreviera, / ni al bravo toro osado provocara.”

 





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Comorbilidad ¿tiene antónimo?
Comorbilidad ¿tiene antónimo?

Comorbilidad ¿tiene antónimo?

 

No es secreto para nadie que, a causa del código genético homicida del Homo Sapiensautoetnónimo que le permite sobrepasar cualquier límite a la hora de matar a los rotulados con un exónimo que lo justifique, exterminar especies animales y vegetales, provocar daños ecológicos irreversibles y contaminar la tierra a destajo─, la guerra es una de sus actividades más destacadas. Es característica del ser humano que la guerra, curiosamente, es un factor que trae aparejado el progreso como valor agregado, y sobre este tema la literatura ha reflexionado desde Aristófanes en adelante. En una breve y sucinta reseña podemos deducir cómo las guerras napoléonicas nos legaron adelantos que perviven: el método Appert –del cual disfrutamos cuando abrimos cualquier tipo de conserva en lata– y, los primeros protocolos de la medicina en el campo de batalla: priorizar la gravedad del herido sobre título de nobleza o rango militar. Podíamos seguir con los avances en ortopedia al final de la Guerra Civil de los Estados Unidos y, así como el desarrollo de la confección masiva de ropa y calzado ─es bueno recordar que la idea de padronizar las medidas de ropa y número de calzado fue una necesidad logística que superó el ejército de la Unión; hasta ese momento se confeccionaban tallas patrón y cada consumidor debía ajustar las prendas a su tamaño─; también el salto en técnicas de cirugía estética en la contienda de 1914-1918; uno de los mayores estragos de la guerra de trincheras fueron las heridas en la cara. Se necesitaron dos palabras en francés para designar a los nuevos mutilados, que proliferaron en las calles, pinturas y caricaturas de Otto Dix y George Grosz, los gueules cassées ─literalmente “jetas rotas”, la excelente novela Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre habla de la vida de uno de ellos; la adaptación al cine es imperdible.

Continuando con una breve y sucinta analectas, los progresos en la guerra aérea de la Primera Guerra Mundial llevaron al desarrollo de la aviación como medio de transporte ─los primeros aviones de pasajeros fueron bombarderos reciclados─ y, a finales de la segunda, a su predominio como transporte de larga distancia; hasta un punto tal que hoy, en tiempo del Covid 19, muy pocos millenials recuerden que hace 60 años atrás los viajes a otros países distantes sólo eran posibles en olvidados transatlánticos. Otra herencia de la Segunda Guerra fue la organización, mantenimiento y movilización de grandes masas de tropas ─que incluye, mecánicos, médicos, enfermeros y todo tipo de abastecimiento; un detalle poco conocido, por cada hombre en combate hay casi 20 en retaguardia─; la herencia civil de ese nuevo know how fue el desarrollo de lo que hoy llamamos multinacionales y sus todopoderosos estados mayores, los ejecutivos de la década del ’60 del siglo XX y –los gremlins contemporáneos–, los CEO.

Un libro publicado en 1941 que anticipó este nuevo fenómeno La revolución de los directores (The Managerial Revolution) de James Burnham al que, luego de trabajosas búsquedas encontré en la Feria de San Telmo, envuelto en papel film, integro pero destrozado, como un gueule casée, y volví a encuadernar salvando la tapa original. Fue después de leer La revolución de los directores, que Orwell tuvo los elementos para acuñar el término “guerra fría” y escribir 1984. Dos palabras de cuño bélico y cotidiano uso: fuego amigo ─los políticos saben de esto─ y daños colaterales ─ídem.

No estamos en guerra, pero tenemos ese nuevo Caballo de Troya, mejor Pangolín de China, que ha colocado a la humanidad en riesgo de extinción, amenaza que deja la de la guerra nuclear a la altura de un cuento de Hans Christian Andersen. Y este invento chino, como el papel y la pólvora, ha revitalizado un término, mejor concepto, al cual no le he encontrado un antónimo: comorbilidad.

La comorbilidad son las dolencias o antecedentes de enfermedades que suman riesgo a una nueva; en el caso del Covid 19, ya sabemos, son varias, las dos más graves son ser viejo o pobre, peor, viejo pobre. No he encontrado un antónimo de esta palabra acuñada hace medio siglo, ¿podría ser covitalidad? En este domingo 10 de mayo 2020, donde el mañana es incierto como lo cuenta el Apocalipsis de San Juan, del cual sólo la ilusión de encerrarnos hace creer que nada nos ha de pasar, he descubierto, ya que no vacunas, antídotos literarios.

El primero es el quevediano soneto “Desde la torre”: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos”. Pero además pensando a calamo currente, mejor digiti currente, en un mundo pos Apocalipsis en que no haya libros, la covitalidad estará dada por la memoria de los sobrevivientes que tomen la responsabilidad de mantenerlos vivos. Renacerán los rapsodias que canten glorias pasadas, así surgió la literatura con El cantar de Gilgamesh y siguió con La Ilíada y Odisea, el resto es conocido.

La historia de Farenheit 451 de Bradbury es sabida, en un mundo futuro los bomberos no apagan fuego sino que queman libros, está prohibido leer pero no ver televisión, Guy Montag, el bombero incendiario protagonista, cambia de bando y termina juntándose con un grupo de fugitivos que se han propuesto salvar los libros. La versión fílmica de François Truffaut, tiene una deliciosa vuelta de tuerca, los fugitivos se llaman “hombres-libro” y viven escondidos en los bosques y tienen como misión aprender un libro de memoria. Guy Montag ha llevado el suyo; sabe que tiene una misión que justifica su existencia, memorizarlo para transmitirlo a otras personas. Creo que, en la película, el libro de Montag era Historia de dos ciudades.

No sería mala práctica leer algún libro con compañeros de encierro o por redes sociales. No sé ningún libro de memoria, aunque sí largos pasajes del Martín Fierro y Soledades de Góngora; sonetos de Quevedo y Lope de Vega; poemas de Borges y dos de The Old Huntsman de Sigfried Sasoon. En el universo de Farenheit 451, seré un “hombre-antología”.

 





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El conventillo
El conventillo

Publicada en 1890, y casi en simultaneidad con los hechos históricos novelados, El conventillo (0 cortiço) es un hito en la narrativa naturalista brasileña e iberoamericana. Con el modelo de Zola en La taberna (L’assommoir), Aluísio Azevedo recrea un conventillo en el barrio de Botafogo (Río de Janeiro) con su mundo de lavanderas y artesanos, patrones, esclavos, venteros, financistas y aristócratas, en una galería de personajes típicamente brasileños. Entre otros: inmigrantes portugueses, artistas y músicos, ricos venidos a menos, gente de bajos fondos, prostitutas y mestres de capoeira. En este universo ficcional se destaca, como un arquetipo, la imagen de Rita Baiana, sensual mulata, feminista avant la lettre, farrista y solidaria, eximia cocinera. Una personalidad que, a partir de este novela, el imaginario cultural se encargará de copiar y recrear.

 

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