Cachipún o parinoni

Hace unos días,una amiga envió un breve e-mail con link de YouTube:la canción Menduco, que alude al autónimo de los mendocinos. El ritmo y letra ─hasta donde mi erudita ignorancia de música popular me permite discernir─ es un rap que enumera lugares y geografías icónicas de la ciudad y la provincia: comidas, hábitos y maneras de hablar. Por el mensaje que acompañaba al link, la letra me dejó pensando: “pese a tus negativas por volver a visitar Mendoza, nunca dejaste de ser menduco”; hechas las cuentas, sumando los ocho años en Brasil y los que llevo en Buenos Aires, he vivido más tiempo fuera de la provincia que en ella y me considero porteño del barrio de Palermo. Pero, hay vivencias que no desaparecen, simplemente se aletargan, como menduco, dos de ellas se remontan a la secundaria: una, la reflexión de un profesor, algo así como: “los mendocinos somos como las casas antisísmicas, tenemos cimientos muy fuertes y profundos”; la otra, el arrogante mote que tenía mi división en el Liceo Agrícola y ligado a nuestra futura profesión de “bachilleres fruticultores enólogos”, centrada en la actividad agrícola de la provincia, un semidesierto poblado de oasis, productos del riego artificial y el cuidado intensivo: “Dios creó el mundo en seis días, de Mendoza nos encargamos los mendocinos”.

Además, desde comienzos de la pandemia, se vienen sucediendo una serie de circunstancias, personales, biográficas y literarias, que me retrotraen a los años en que viví en la provincia; recuerdos que afloran en mis escritos, sueños, desvelos y duermevelas. Quizás los más frecuentes aparecen en los frecuentes insomnios ─peor, me duermo alrededor de medianoche y despierto cuatro horas después hasta que logro volver a dormir─ es el segundo sueño cuando se repite el comienzo que María Kodama repite, como apertura clásica de ajedrez, las raras veces que nos vemos, el de su cuento favorito: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”; en las escenografía oníricas desembarcan unánimes sueños donde estoy en Mendoza, en hechos imaginarios, pasados y futuros donde, de alguna manera, soy protagonista.

En este segundo sueño, desde esas horas de duermevela, entre las penumbras del laberinto ─ya que no del Minotauro, de evocaciones─ y la imaginación, resuenan ecos de las primeras historias que recuerdo: mi casi solitario aprendizaje a leer,entre los cuatro y cinco años, con ¡Upa! Libro para aprender a leer. Hace un par de semanas encontré un ejemplar, mucho más viejo que el que usé, en la feria de libros usados de Plaza Italia, casi ochenta años de edad y sigue contundente con sus dibujos, palabras y frases con letras mayúsculas y minúsculas; cursiva e imprenta: "papá, mamá, casa, copa"; los anagramas: "saco-cosa", "pata-tapa"; "El conejo sale de paseo en bote". Sonidos y sabores esfumados: la siringa del afilador, la corneta del vendedor de maní tostado, el altoparlante de la carreta del verdulero, los tres timbrazos seguidos del vendedor de hielo, el algodón de azúcar, las radionovelas de las seis de la tarde, los Barros Luco acompañados de Cerveza Andes en las tardes de rata en el Cap Polonio de la calle Rivadavia, las maratónicas lecturas en casa, las inolvidables pizzas de “Un rincón de la boca”, en el Mercado Central. Mi pelea con un compañerito del kínder en un recreo, acosado por sus provocaciones ─hoy le llamarían bullying─ le clavé la hoja de un pequeño limpiauñas que me había regalado mi abuela en un parietal; recuerdo la manera como lo empuñé, el nombre del apuñalado y la sensación en mi mano de la diminuta hoja al atravesar el cuero cabelludo y topar con el hueso; muy semejante al acto de dactilografiar en el teclado en estos momentos. Y siguen recuerdos, las primeras novias, los cursos de andinismo, los años en la facultad, el coup de foudre que todavía ilumina, más atrás, las conservas caseras, las competencias de remo y yudo, los años de paracaidismo y, de nuevo, más atrás, otra pandemia, de parálisis infantil, que el segundo año de escuela primaria nos tuvo a los niños casi tres semanas encerrados en casa y una palabra que era temida como el “viejo de la bolsa”: “pulmotor”; el aroma acre de las hojas secas de plátano en otoño cuando las mamás las quemaban en la vereda.También afloran las lecturas y relecturas, desde mi infancia al presente, de Las mil y una noches argentinas de Draghi Lucero que, sin saberlo por aquellos años, desde la primaria marcaron mi opción vivencial por la literatura.

Marcos, del videoclub Blackjack, me consiguió ayer los CD de las primeras temporadas serie Babylon Berlin; en un momento una showgirl, travestida en ambiguo showman, canta en el escenario de un cabaret una canción tan decadente como lo pudieron ser aquellos luminosos y premonitorios años de la República de Weimar: A cenizas, a polvo (Zu Asche, zu Staub), busqué la letra en la Internet. Y la busqué porque el estribillo, en alemán suena hermoso “Los milagros esperan hasta el final” (“Wunder warten bis zuletzt”).

De la misma manera, las coincidencias y recuerdos esperan hasta el momento final en que uno resuelve fijarlas, con un cierto orden cronológico, por escrito. Y este acto ─que en mi caso es fiel a los aprendizajes de primaria, redacto la primera versión a mano y con lapicera estilográfica o lápiz, jamás soporté los bolígrafos─me da el hilo de Ariadna para internarme en el laberinto de recuerdos y luego poder salir de ellos. Me levanto y busco Las mil y una noches argentinas, una edición facsimilar de la que leí de niño y adolescente, la de 1953, ilustrada con xilografías de Víctor Delhez. “Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías”, los libros de Draghi Lucero están muy cerca de los de otro menduco, que fue amigo de la familia e invitado frecuente a cenar en mi departamento de Palermo, durante los últimos años de su vida en Buenos Aires: Antonio Di Benedetto. Estoy seguro que en mi oficina tengo los antediluvianos casettes con casi hora y media de conversación grabada con Draghi Lucero, debo buscarlos y desgrabarlos.

Eternamente menduco, sin tomar conciencia de ello, pese a unánimes sueños de los últimos meses, hasta el e-mail de mi amiga, veo que proponerse abordar, en orden, recuerdos se parece a los intentos de ganar en los juegos parinoni o cachipún; sobre éste último reflexiona James Bond en alguna novela, pero llamándolo por su nombre más conocido: “papel, piedra o tijera”. Y esa reflexión es que en “papel, piedra o tijera” hace falta la misma suerte si uno intenta ganar o perder. Lo mismo pasa con los recuerdos que, fugaces, titilan en la unánime noche hasta que uno los atrapa y fija por escrito. Porque con ese acto o se gana o se pierde.

 





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